El modo de vivirlo: Los Alvira

por | abril 3, 2019

Cada uno de los aspectos antes mencionados merecería ser ilustrado con ejemplos y palabras de San Josemaria, y en no pocas publicaciones se ha hecho ya; aquí, simplemente, los tendremos presentes como paisaje de fondo, al acercarnos (o más bien introducirnos) en la familia del primer Supernumerario del Opus Dei: Tomás Alvira.

Hemos elegido esa familia -aunque otras muchas viven el mismo espíritu- porque Tomás aprendió directamente de San Josemaria lo que significa un matrimonio cristiano, y -junto con su mujer- experimentó que es posible convertir el propio hogar en un lugar privilegiado para el encuentro con Dios.1

1. Bebiendo de la fuente

Tomás Alvira conoció al Fundador del Opus Dei a través de José Maria Albareda. Corría el año 1937, y Tomás se encontraba en Madrid desde el año anterior, cuando llegó a la capital de España para realizar unas oposiciones; allí le sorprendió el comienzo de la guerra, y allí hubo de quedarse. En Madrid vivía también, en una pensión situada en la calle Menéndez Pelayo 13, José Maria Albareda, al que había conocido en la Universidad de Zaragoza, y que, no obstante su juventud, era ya un notable investigador. Cuando podía, Tomás iba a la pensión de Albareda para estudiar con él. Un día de primeros de septiembre se encontraba allí, cuando anunciaron a José Maria una visita; salió a recibirla, y poco después entró acompañado por D. Josemaria Escrivá, que vestía un mono gris -a causa de la persecución religiosa- y se encontraba extremadamente delgado.

«Charló con ellos un cuarto de hora. Tomás recordaba que no habló de la guerra ni de la política. Cuando dijo: yo me marcho, Tomás tuvo el impulso de acompañarle: yo también me voy. Nada le importó el peligro que corría al andar por la calle con un sacerdote, a quien alguien pudiera reconocer. Ya en la calle, D. Josemaría le preguntó: ¿Dónde vas? Tomás respondió sin titubeos: A donde usted vaya. Le cogió del brazo y caminaron despacio por Menéndez Pelayo, Alcalá y Serrano, hasta llegar a Ayala 67 (ahora 73). Tomás le contó toda su vida.»2

La conversación debió de ser larga y pausada, y cuando Tomás dejó al Fundador del Opus Dei en la pensión de la calle Ayala, donde entonces se alojaba, quizá volviera a su cabeza la frase que había propiciado el paseo: «a donde usted vaya». Ciertamente fue como un resumen anticipado de lo que sería su vida: seguir a San Josemaría. Aunque, como es lógico, no conocía aún en detalle el espíritu del Opus Dei, aquella conversación le hizo descubrir lo que suponía la llamada a la santidad, y un panorama maravilloso se abrió ante él.

Tomás Alvira y su familia con San Josemaria en Roma.

Tomás aprendió directamente de San Josemaría lo que significa un matrimonio cristiano, y -junto con su mujer- experimentó que es posible convertir el propio hogar en un lugar privilegiado para el encuentro con Dios.

Un par de años antes de morir, San Josemaría decía a un hijo de Tomás, que vivía entonces en Roma: «siempre que te veo a ti, veo a tu padre. Tu padre ha sido siempre muy fiel, muy leal y siempre ha estado muy pegado a mí. Hizo una pausa deliberada antes de añadir: Tomás es maravilloso, pero ¡no se lo vayas a decir! Como se lo digas ¡te mato! En el anochecer de la vida de Tomás en la tierra, su hijo le contó este episodio romano, mientras le acompañaba en su última enfermedad. Después de un silencio, Tomás le confesó conmovido: Hijo mío, es que yo desde que lo conocí puse mi vida en sus manos.»3

Cuando Tomás puso su vida espiritual en las manos de San Josemaría, aún era largo el camino que tenía por delante; él estaba dispuesto a recorrerlo con generosidad total, rompiendo -si era necesario- el largo noviazgo con Paquita, porque «desde el primer momento, el Padre nos dijo -y nos lo repetiría muchas veces- que Dios nos llamaba por caminos de contemplación»4, y no se entendían entonces esos caminos al margen del celibato apostólico. Un testimonio de Pedro Casciaro es significativo al respecto:

«Los más jóvenes no entendíamos por qué, llevando Tomás el mismo plan de vida de piedad que nosotros, y participando en todo con tan buen espíritu, no fuera ya miembro de la Obra. Por nuestra cuenta, comenzamos a plantearle, más o menos directamente, este problema de su posible vocación. El Padre se dio cuenta y nos advirtió que debíamos dejarle en paz, que él ya sabía lo que Dios le pediría a Tomás, pero que no había llegado aún el tiempo oportuno. La advertencia del Padre nos serenó por el momento pero, en realidad, no llegaría a entenderla hasta que, años después, fue posible admitir en el Opus Dei a los primeros miembros casados.»5

Tomás debió esperar diez años a que eso sucediera, pero desde el primer momento era consciente del carácter vocacional y exigente de su llamada. Su hijo Rafael lo expresa así:

«Tuvo siempre una fe plena en el Beato Josemaría: estaba completamente -y en lo profundo- convencido de la misión trascendental que Dios le había encomendado de fundar la Obra. Mi padre nunca pensó que era un fiel de una «asociación» magnífica, sino que estaba muy claramente imbuido de la profundidad teológica y la trascendencia histórica de la Obra. Un día, si no lo recuerdo mal, no mucho después de que yo me hiciera de la Obra, me dijo: los Supernumerarios somos una cosa muy seria. Tenía un orgullo grande, aunque escondido, de ser el primer Supernumerario de la Obra( .. ).

Desde nada más conocer a nuestro Podre, se dio cuenta de la trascendencia de la Obra. Mi madre me contó que le había escrito ya en esa época: he conocido a un sacerdote que va a ser trascendental. Aunque no puedo afirmarlo, no me extrañaría que también a él -como hizo con los primeros Numerarios- nuestro Padre le hubiera preguntado si seguiría con la Obra en el caso de que él -el Fundador- muriera. Yo recuerdo algún comentario privado que me hizo mi padre a través del cual comprendí con qué seriedad se tomaba él esa frase de nuestro Padre.»6

Tomás Alvira con sus tres primeros hijos.

«Tuvo siempre una fe plena en el Beato Josemaría: estaba completamente -y en lo profundo- convencido de la misión trascendental que Dios le había encomendado de fundar la Obra».

Esa conciencia clara de la divinidad de la llamada era también seguridad de que la gracia divina, para crear una familia profundamente cristiana, no le habría de faltar. Contó, para ello, con un apoyo imprescindible: su mujer.

Paquita Domínguez conoció al Fundador del Opus Dei a través de Tomás. D. Josemaría, que no pudo casarlos, como hubiera sido su deseo, sí consiguió hacer un hueco para ir a Zaragoza y bautizar al primer hijo de los jóvenes esposos. Era el 16 de marzo de 1940, y Paquita recordaba:

«Fue cuando le conocí personalmente, solo recuerdo que al verme me dijo: ¡Hija mía, que Dios te bendiga! Me emocionó verle, por su trato cordial, por su sencillez, por su naturalidad. .. , siguió siendo para mí el Padre, como interiormente lo era desde hacía tiempo».7

Esa conciencia clara de la divinidad de la llamada era también seguridad de que la gracia divina, para crear una familia profundamente cristiana, no le habría de faltar. Paquita viviría también hasta su muerte una delicada y fuerte fidelidad al Fundador del Opus Dei.

Comenzada con tan buen fundamento esa aventura familiar, es el momento de traer a colación el testimonio de los hijos sobre esos importantes aspectos que antes hemos señalado: la piedad, el cuidado del hogar, la vida compartida y la apertura a los demás.

2. La piedad familiar

Recordemos que la piedad es la virtud que hace referencia al trato de los hijos con los padres, y de los padres con los hijos; y, antes aún, el trato de todos con Dios, Padre nuestro. Es claro que la actitud natural de los hijos hacia los padres es de amor, apertura y confianza; si los padres no la defraudan, esa actitud crece de forma maravillosa, y se convierte en la base adecuada para que los hijos lleguen a tener un trato íntimo con Dios.

Así recuerda Concha Alvira el trato confiado que, desde pequeños, tenían con sus padres:

«Teníamos tal confianza, que, cuando algo no entendíamos o algo nos preocupaba, íbamos inmediatamente a preguntárselo a él o a mamá. Recuerdo que un día en el colegio, una niña le dijo a María Isabel, entonces era muy pequeña, que los Reyes Magos no existían, que eran los padres los que traían los regalos. Aquello era derrumbar toda la ilusión que teníamos alrededor de los regalos de Reyes. Al volver del colegio, fuimos corriendo a papá a verificarlo: ¿es verdad que los Reyes Magos no existen? Él nos explicó cómo los Reyes Magos trajeron regalos al Niño Jesús, y ahora los padres eran como los embajadores de los Reyes Magos, trayendo los regalos, etc. Nos lo explicó de tal modo que, diciéndonos la verdad —nunca nos engañó-, nos quedamos con paz y sin sentirnos defraudadas. En cuanto al origen de la vida nunca hicieron ningún misterio, y con toda naturalidad crecimos sabiendo que no había cigüeñas, que los hijos eran fruto del amor de los padres, que participaban de un modo maravilloso en el poder creador de Dios. Yo no recuerdo ningún tabú porque, supongo, fui encontrando respuestas a la natural curiosidad a medida que las necesitaba»8

Anotaciones interesantes las que podemos sacar de estos recuerdos: por parte de los padres debe haber siempre una acogida llena de interés, veracidad en las respuestas y una explicación progresiva adecuada a su capacidad.

Los niños viven en un mundo maravilloso y fantástico; pero hay que tener cuidado para no convertir en sinónimos esos términos: en sus cabezas conviven y se mezclan cosas maravillosas que existen solo en su imaginación, con cosas maravillosas que son, al mismo tiempo, reales; tan reales que, aunque no las veamos, constituyen el fundamento mismo de la realidad: la supremacía del amor, la existencia del mundo espiritual…; es una tarea importantísima la que los padres realizan cuando acompañan a los hijos en esa edad delicada en que empiezan a «chocar» con la realidad; porque pocas cosas pueden tener efectos más negativos que los que se producen si, al descubrir los niños que su maravilloso mundo de hadas y cigüeñas no es real, piensan que tampoco lo es su maravilloso mundo de ángeles y misterios. Hay que ayudarles a discernir entre lo maravilloso fantástico, y lo maravilloso real. Pero ¿cómo podrán los padres guiarles en esa delicada transición si no aman ellos mismos esos estupendos y luminosos misterios de nuestra fe cristiana y los viven entrañablemente?

Una de esas vivencias entrañables nos la transmite Ma José Alvira:

«En Nochebuena, al terminar de cenar tenía lugar algo también inolvidable: apagábamos las luces del cuarto de estar (donde estaba el belén) y dejábamos solo encendidas las lucecitas que iluminaban el Nacimiento. Entonces, nos sentábamos los más pequeños en las rodillas de mi padre, que, en medio de nuestra gran expectativa, nos contaba la historia de la venida del Hijo de Dios.»9

«En Nochebuena, al terminar de cenar tenía lugar algo también inolvidable: apagábamos las luces del cuarto de estar (donde estaba el belén) y dejábamos solo encendidas las lucecitas que iluminaban el Nacimiento. Entonces, nos sentábamos los más pequeños en las rodillas de mi padre, que, en medio de nuestra gran expectativa, nos contaba la historia de la venida del Hijo de Dios».

Y junto al Señor, la Virgen, a la que el Fundador del Opus Dei amó siempre apasionadamente, transmitiendo ese amor a todos los que le rodeaban. Es también María Isabel la que revive este otro episodio:

«Debía de tener ya unos 15 años, y recuerdo un hecho que se me quedó grabado para siempre. Fue la primera vez y la última que mi padre me habló así: la primera, porque Dios se lo debió de inspirar, al ser lo que necesitaba en ese momento; la última, porque no necesitó repetírmelo más, tal fue el impacto que me causó. Mis padres habían empezado a rezar el Rosario en alta voz, con toda sencillez, en el cuarto de estar. Yo me levanté para salir de la habitación: no hice ningún ademán de contrariedad, pero no me apetecía rezar el Rosario. Mi padre estaba sentado junto a la puerta. Al salir me dijo bajito con una sonrisa, pero con tristeza: iQué pena, hija mía! No quieres a la Virgen. No me retuvo y de hecho yo no volví a entrar. Tampoco me regañó en absoluto, ni me volvió a hablar de esto. Sin embargo para mí fue muy importante: se me clavó en el alma porque una vez más comprendí que mi amor a la Virgen dejaba mucho que desear: todo era un problema de amor personal, nada de obligación exterior, impuesta, rígida.»10

El clima de piedad en la familia se crea así: los padres deben ir siempre por delante, como San Josemaría fue siempre por delante en su amor a Dios, cuando fue creando esos hogares que hoy se encuentran diseminados por todo el mundo.

3. El cuidado del hogar

Es natural que centremos ahora la atención en la mujer de Tomás. Paquita fue una excelente ama de casa, en el sentido más estricto de la palabra: llevaba perfectamente las riendas del hogar, sin agobios y sin manías.

«Cuidó sin excepción todos los aspectos materiales, con mucho sentido común, espíritu de sacrificio, y de la pobreza cristiana. Pero nosotros en casa bailábamos, brincábamos, nos disfrazábamos (haciendo de nuestra habitación una leonera), jugábamos… etc. En particular cuando nos trasladamos desde el colegio Infanta María Teresa (donde había un gran jardín) a Núñez de Balboa, que era una casa reducida para el número de componentes de la familia, mi madre cerraba los ojos si veía jugar a mi hermano Tomás al fútbol en el pasillo de la casa. Concha y yo éramos porteros en una puerta, pero como no siempre conseguíamos parar el balón, las consecuencias del gol era que se rompía algún objeto. Aunque «daba por no vistas1′ algunas de estas fechorías, al mismo tiempo nos hacía comprender el valor de las cosas, la importancia de hacerlas durar en buen estado, de no ser nunca caprichosos. Cuando no lo hacíamos así, recuerdo que siempre nos decía una frase, que se me ha quedado grabada y que me ha sido muy útil a lo largo de mi vida: «esto no es pobreza ni es amor de Dios ni es nada».

Por otra parte, la virtud de la pobreza era en casa algo sumamente amable, alegre, divertido, estimulante. A mí me parecía genial que en casa se sacase siempre tanto partido a todo. Veía que con poco se podía conseguir mucho en todos los sentidos.»11

«Por otra parte, la virtud de la pobreza era en casa algo sumamente amable, alegre, divertido, estimulante, A mí me parecía genial que en casa se sacase siempre tanto partido a todo. Veía que con poco se podía conseguir mucho en todos los sentidos».

No es aventurado decir que la virtud de la pobreza ha tenido (y tiene) mala prensa, posiblemente por no haber sido ni bien explicada ni bien entendida. Se confunde, con frecuencia, la pobreza entendida como carencia con la pobreza entendida como virtud: siendo así que solo si vivimos bien la virtud de la pobreza podremos ir superando muchas de las carencias que padecemos. La falta de algo necesario, y más aún si es estrictamente necesario para la vida (la salud, unas condiciones materiales mínimas…) no puede verse como algo positivo en sí mismo; pero la pobreza como virtud es, como señala María Isabel, amable, alegre, divertida y estimulante. Supone una optimización de los recursos y la conciencia de estar trabajando en favor de los demás. El Fundador del Opus Dei dio siempre extraordinaria importancia a esta virtud en la vida familiar, porque la preserva de la degeneración que acecha cuando se permite que se introduzca la comodidad egoísta y el capricho.

4. La vida compartida

Podríamos comparar a ía familia con un árbol en crecimiento, cuyas raíces son los padres; y ellos, como raíz, son el soporte, la estabilidad y el alimento. Como sabemos, la raíces están abajo, escondidas, poco vistosas; mientras que las ramas, y las hojas, y las flores y frutos, están arriba, luciendo al sol y al aire. Los padres, si quieren cumplir bien con su misión, deben ser -antes que nada- buenos esposos: cuidar su amor, que es el mayor tesoro que pueden entregar a sus hijos, y lo que les hará crecer felices y seguros.

A este respecto, Concha recuerda de su padre:

«Estaba pendiente de mi madre con mil detalles de delicadeza. La piropeaba de forma natural. Al final le oí decir muchas veces: cada vez la quiero más; más que cuando nos casamos. Cuando ella no estaba presente me decía también: no os hacéis bien cargo de la madre que tenéis: cómo es de buena, cómo se ha sacrificado siempre por vosotros (…). Le gustaba contamos cómo la conoció, cómo se enamoró de ella siendo muy joven.»12

Es ahora María Isabel la que nos habla de su madre:

«Supo compaginar la coquetería femenina, la elegancia y el buen gusto, con la sobriedad. Se esmeraba en los detalles. Nunca la vi mal vestida en casa o de cualquier manera, como se suele decir…, para estar cómoda. En particular, siempre sabía darse un pequeño ‘toque’ cuando mi padre llegaba a casa, para que la encontrara guapa.»13

Es ahora María Isabel la que nos habla de su madre: «Supo compaginar la coquetería femenina, la elegancia y el buen gusto, con la sobriedad. Se esmeraba en los detalles. Nunca la vi mal vestida en casa o de cualquier manera, como se suele decir … , para estar cómoda».

El tiempo compartido entre los esposos, con atención delicada del uno hacia el otro, es ya -indirecta, pero eficacísimamente- tiempo dedicado a los hijos; y de ahí surge, además, la fuerza para entregarse con alegría a ellos.

«Mi padre sabía dedicar tiempo -dice M. Isabel- a la vida familiar y a la educación de sus hijos. Lo hacia con entusiasmo, gran naturalidad y mucha alegría. Como él decía: «gozaba con los suyos». Todo lo nuestro era importante para él: desde una redacción que habíamos escrito, por la que nos habían puesto buena nota, hasta nuestras amigas y sus problemas.»14

5. Frutos de amor y libertad

Los tiempos actuales, como han señalado muchos pensadores, son cruciales y apasionantes. Hace ya muchos años, San Josemaría dejó escrito en Camino: «Estas crisis mundiales son crisis de santos» (n. 301). Se necesitan personas apasionadas por la libertad que dirijan todas sus energías hacia el amor; con libertad y amor nada hay que temer del futuro: los frutos Irán llegando cuajados y maduros, al ritmo de la gracia de Dios. Cerremos estas pinceladas sobre «la dimensión familiar del Opus Dei» con los frutos que produjo esa aventura familiar de amor y libertad.

Desde que tuvieron uso de razón, los hijos que Dios iba enviando al hogar de los Alvira oyeron hablar de Josemaría Escrivá como un amigo de sus padres, como un amigo de todos. ¡Cómo no iba a ser su amigo si le habían oído contar a su padre que aquel sacerdote le había salvado la vida durante la guerra civil española!

En algunas ocasiones, cuando Tomás escribía al Padre, ellos firmaban con gran sencillez al final de la carta y reservaban la mejor de las tarjetas de Navidad para enviársela. Pero todos aseguran, con inequívoca unanimidad, que aprendieron el espíritu del Opus Dei por osmosis, por contagio; en su propio hogar encontraron amable y atractivo aquel modo de actuar, dichoso y sugerente el modo de vivir; y, uno a uno, los ocho hijos fueron pidiendo la admisión en la Obra, dejando atrás el hogar de sus padres. Como Paquita y Tomás tenían corazón, les costaba la separación física, pero su sentido común les advertía que, antes o después, habrían volado lejos. Estaban muy convencidos de que cada uno había elegido aquella opción libérrimamente e impulsado por un amor que les hacía muy felices. ¿Por qué entristecerse, cuando se daban cuenta de que sus hijos habían elegido lo mejor? Pilar contaba así el último episodio de la apasionante aventura de los Alvira:

«Cuando Concha quiso dar un paso decisivo, lo hizo en “Ateneo», Centro del que yo entonces era la directora; me pareció que antes de que lo hiciera era obligado comentárselo a mi padre, por ser la última. Quedé con él y le dije: -Concha quiere pedir la admisión en la Obra. Me miró conmovido y cuando se repuso continuó:

-¿Te puedo pedir una cosa?

-Sí, papá, claro, lo que quieras.

-¡Que me ayudes a dar gracias a Dios! ¿Qué he hecho yo para merecer algo tan grande? ¡Me falta vida para dar gracias a Dios!15

Tomás Alvira con su hija Maria Isabel.

A Tomás y Paquita se les escapó el mismo comentario agradecido que había acogido igual decisión del resto de los hermanos: «otro que se queda en casa»

María Isabel, pocos meses después del fallecimiento de San Josemaría, escribía:

«El hecho de pedir la admisión en la Obra la última de mis hermanas, Conchita, produjo en todos, y especialmente en mis padres, una gran emoción. Era el mes de abril de 1971. Habían pasado treinta y cuatro años desde el día en que papá había conocido al Padre en Madrid, en plena guerra civil española. Treinta y cuatro años a través de los cuales Dios había obrado muchas maravillas en nuestra familia, gracias al Padre y a la Obra; entre ellas el regalo de la vocación al Opus Dei de mis padres y de los ocho hijos. Recuerdo que papá escribió entonces una carta al Padre, en donde decía, entre otras cosas: esta familia que había sido siempre tan suya, era ahora completamente suya.

Pensamos que sería una gran cosa en estos momentos ir todos a Roma a ver al Padre. La marcha quedó fijada para el 14 de junio, ya que sabíamos que en aquellas fechas el Padre estaría en Roma y nos podría recibir (…). Por fin, el 17 a las 13.30 h estaríamos con el Padre. No hicimos más que entrar en Bruno Buozzi, y el Padre exactamente a la hora prevista (ni un minuto más, ni un minuto menos), apareció con los brazos abiertos y una sonrisa. Recuerdo perfectamente que lo primero que dijo al vernos fue: ¡Pax, hijos míos! ¡Viva la libertad! y, enseguida, se dirigió a Concha. ¿Dónde está la pequeñaja? ¿Te has dado cuenta de lo que has hecho?-Ya lo creo, Padre, contestó Concha; y añadió sonriendo: ¡no sabe lo duro que está este asunto!No me dejaban pedirla admisión, me han hecho esperar.

El Padre tocaba así el tema de la libertad, y Concha se hizo eco de lo que pensábamos cada uno de nosotros: que si bien todos habíamos seguido el mismo camino, nada ni nadie, nos había coaccionado a ello. En el momento del brindis, muy emotivo, el Padre dijo: Brindo por toda esta familia, sobre la que el Señor ha derramado tantas gracias, para que la siga bendiciendo como hasta ahora. Que seáis muy felices, aquí en la tierra, y luego, todos unidos a la gran familia del Opus Dei, allá en el Cielo (…). Volviéndose a mis padres, les dijo que no creyeran que su labor se había terminado. Nos tenían que seguir ayudando con su ejemplo y su oración. Y mirándonos a nosotros dijo: la mirada de vuestros padres es como la gracia de Dios.»16

«Volviéndose a mis padres, les dijo que no creyeran que su labor se había terminado. Nos tenían que seguir ayudando con su ejemplo y su oración. Y mirándonos a nosotros dijo: la mirada de vuestros padres es como la gracia de Dios».

6.Mirando hacia delante

Es bonita y profunda la frase de San Josemaría con la que terminaba la cita anterior: En efecto, la mirada de unos padres cristianos sobre sus hijos es una siembra divina sobre el mundo de una repercusión incalculable; por eso una de las tareas prioritarias para Juan Pablo II, desde el comienzo de su pontificado, es la evangelización de las familias para que «ofrezcan un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio vivido de manera plenamente conforme al proyecto de Dios.»17 Ese proyecto tiene en cuenta que «sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial (…). Es el momento de proponer a todos con convicción este ‘alto grado’ de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesíal y de las familias cristianas debe ir en esa dirección.»18

Al canonizar a San Josemaría, la Iglesia pone delante de nosotros su figura, su ejemplo y su doctrina, mostrando un camino seguro para avanzar en esa dirección; con palabras de Mons. Víctor Hugo Martínez, presidente de la Conferencia Episcopal de Guatemala: «Ponderando en lo que significa para la Iglesia y para el mundo la vida y el mensaje del Beato Josemaría y teniendo como lectura paralela la Novo Millennio Ineunte de Juan Pablo II, considero que un buen modo de poner en práctica esa Carta Apostólica, de cara a la nueva evangellzación, es calar hondo en la vida y en los escritos del Fundador del Opus Dei.»19

Evidentemente, Tomás caló hondo en la vida de San Josemaría; tan hondo, que la hizo vida propia. Si hasta ahora hemos dejado hablar a sus hijos, es justo que, para terminar, nos detengamos en su testimonio:

«Monseñor Escrivá de Balaguer es la persona que más ha influido en mi vida espiritual. Él me enseñó el camino para tener presencia de Dios de modo constante y para conseguir un auténtico amor a Cristo, a la Santísima Virgen, a la Iglesia y al Papa. Él me hizo comprender, ya en 1937, la tarea y responsabilidad del laico en la Iglesia; me enseñó los medios para santificar el trabajo ordinario; me hizo ver cómo el Matrimonio es vocación divina y cómo los cónyuges pueden santificarse a través de él. Todo lo que le oí sobre la vida familiar me ayudó extraordinariamente para educar a mis hijos en un ambiente de amistad, libertad y naturalidad, en el que los hijos fueran adquiriendo virtudes sin rígidas imposiciones, sin largos discursos, sino a través del ejemplo y el convencimiento amoroso.

Seguí los caminos que el Padre me reseñó y ahora puedo decir que no hay caminos mejores. Fíe sido feliz en mi profesión, he procurado sobre todo ser educador, como el Padre quería: tratar a los alumnos, escucharles, conocerles, comprenderles, encauzarles. Todo esto lo aprendí del Padre. También me enseñó el valor que tiene la cruz para los hombres, esa cruz que él amó con toda su alma, y que es una auténtica fuente de felicidad. Insisto en que todo se lo debemos al Padre: en una carta de junio de 1964 nos decía: sabéis bien que no me olvido de encomendaros diariamente, para que el Señor os haga muy felices y muy santos.»20

«Me hizo ver cómo el Matrimonio es vacación divina y cómo los cónyuges pueden santificarse a través de él. Todo lo que le oí sobre la vida familiar me ayudó extraordinariamente para educar a mis hijos en un ambiente de amistad, libertad y naturalidad, en el que los hijos fueran adquiriendo virtudes sin rígidas imposiciones, sin largos discursos, sino a través del ejemplo y el convencimiento amoroso».

  1. Para un acercamiento más completo a la vida de este hombre, vid. VÁZOUEZ, ANTONIO, Tomás Alvira, Palabra, Madrid 1999. La referencia a esta obra será constante en las páginas que siguen.
  2. VAZOUEZ, ANTONIO, Op.cit., p. 80.
  3. Ibid., p. 82.
  4. Ibid., p. 142.
  5. Testimonio de Pedro Casciaro; en: Ibid., p. 139.
  6. Ibid., p. 284. (N. de los editores: al editarse el libro, Monseñor Escrivá era todavía Beato).
  7. Testimonio de Paquita Dominguez: en: /bid., p. 126.
  8. Ibid., pp. 156-157.
  9. lbíd., p. 160.
  10. Ibid, p. 183.
  11. Testimonio de Mª Isabel Alvira: en Ibid., p. 153
  12. Ibid., p. 177.
  13. Ibid., p. 119.
  14. Ibid., p. 154.
  15. lbíd., p.174.
  16. lbíd., p.289.
  17. JUAN PABLO 11, Novo Millennio lneunte, n’. 47.
  18. Ibid., n’. 31. 30.
  19. «Rasgos del mensaje espiritual de monseñor Escrivá, en: El Siglo XXI (Guatemala), 21-Xll-2001. (N. de los editores: En el momento de publicarse el articulo, el Fundador del Opus Dei no era todavia santo).
  20. VAOUEZ, ANTONIO, Op. cit., p. 285.