El carácter sagrado del cuerpo humano. Uso y abuso del cuerpo propio y ajeno

por | noviembre 3, 2018

Introducción

En el presente artículo se abordan, de manera sistemática y progresiva, los amplios horizontes que se derivan de considerar al cuerpo humano como algo más que mero cuerpo animal. El oscurecimiento de este presupuesto ha conducido a un creciente abuso y desprecio de la realidad corporal.
Trataremos de analizar la «coimplicacion» alma-cuerpo, presente en la tradición filosófica y religiosa de la gran mayoría de las culturas desde sus comienzos, para confrontarla con la difusión, en la actualidad, de una visión utilitarista y servil del cuerpo humano, hecha con gran despliegue mediático.
La dignidad y belleza del cuerpo humano, en su complementariedad de hombre y mujer, queda reflejado en los primeros capítulos de Génesis. Es importante –dadas las corrientes animalistas que ahora se difunden- tener presente que los demás animales no tienen esa dignidad. La enorme cantidad de especies animales que pueblan nuestro planeta son una riqueza que hay que cuidar y preservar, pero cuando muere un animal, muere completamente: deja de existir; no hay nada en él que sobreviva, salvo su recuerdo en nosotros. Sería pueril rezar por él, aunque le tuviéramos mucho cariño. Sin embargo, cuando muere una persona, sabemos que no muere completamente. Desde la antigüedad, los cementerios son lugares sagrados porque albergan cuerpos que han muerto sólo temporalmente. A los cementerios se les llama por eso “camposantos”. La Iglesia permite la incineración pero no ve con buenos ojos que se lancen las cenizas del difunto al aire o al mar; quizá se haga como un gesto poético, pero la poesía más auténtica tiene siempre un perfume trascendente. Quedarse mirando al mar o al viento después de lanzar las cenizas al aire se queda más bien en un acto banal.
Hablando de la intranscendencia del cuerpo de los animales, hay que decir que eso no es un impedimento para que reflejen una maravillosa belleza y variedad. Sin embargo, no hay que olvidar que los animales que interesan más al hombre, son aquellos que nos alimentan y dan de comer. ¿Cuántos millones de gallinas, vacas, conejos, pavos, cerdo, salmones, sardinas, pulpos…se matan cada día en el mundo? El interés crematístico al servicio de nuestra propia subsistencia se refleja con gran fuerza y dramatismo en un episodio peculiar de la vida de Jesús: el endemoniado de Gerasa, del que nos hablan san Mateo, san Marcos y san Lucas.

Sigamos la narración de Marcos (Cap.5 versículos 1-20) que empieza por situarnos en la orilla opuesta a Cafarnaúm, en la región de los gerasenos. Un hombre poseído por el demonio erraba de un sitio a otro, gritando e hiriéndose. El Señor se dirige a él y le pregunta: ¿Cuál es tu nombre? La respuesta es sorprendente: “Mi nombre es legión, porque somos muchos”. “Había por allí junto al monte una gran piara de cerdos paciendo y le suplicaron: envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos. Y se lo permitió. Salieron los espíritus impuros y entraron en los cerdos; y la piara, alrededor de dos mil, se lanzó corriendo por la pendiente hacia el mar, donde se iban ahogando”.
Después de este suceso sorprendente y de gran dramatismo, que los porqueros contaron por la ciudad y por los campos, le pidieron a Jesús que se alejara de allí. Antes de hacerlo, le pidió al endemoniado, ya sano y en su propio juicio, que anunciara la gran misericordia que el Señor había tenido con él. “Se fue y comenzó a proclamar lo que Jesús había hecho con él. Y todos se admiraban” El episodio, efectivamente es para admirarse, pero sobre todo manifiesta que más importante que aquellos animales, con los que se podían conseguir buenas ganancias, era el cuerpo de aquel desdichado, sometido y maltratado por los demonios. Ellos no soportan que un hombre tenga potestad sobre todo lo creado, incluso sobre ellos, que son seres espirituales. Cuando decimos que son seres espirituales, queremos decir que son puro espíritu, pero no necesariamente un espíritu puro. De hecho, los demonios son puro espíritu pero no espíritus puros, sino impuros, como acabamos de leer. Llamados al amor, se amaron a sí mismos y se corrompieron. Todos, hombres y ángeles, estamos llamados al amor. Los ángeles, sin embargo, no se reproducen; los hombres sí.

El cuerpo y el amor

Antes de entrar en las muchas implicaciones de la corporalidad humana, vamos a detenernos, en las dos primeras acepciones que el diccionario de la RAE señala sobre el término “Amor”:

1. “Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”.
2. “Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear

Con mucho sentido, la Academia de la Legua, señala al comienzo de la primera acepción que el Amor es un “Sentimiento”. Y, ciertamente el más elevado de los muchos que aparecen en la vida humana. Basta asomarse al documentado estudio de José Antonio Marina y Marisa López Penas «Diccionario de los sentimientos” para darse cuenta de que -cuando hablamos de sentimientos- entramos en una “selva enrevesada y magnífica”. Para hacernos una idea, en el índice final de este diccionario, solamente en la letra A, aparece el elenco de 46 sentimientos distintos, muchos referidos al amor.

Pero si en la primera acepción de la Rae se habla de la necesidad de buscar la unión con otro ser, en la segunda se especifica lo que plenifica la vida “la convivencia, la comunicación y la creación”.
Vivir es convivir, vivir con otros. Son pocos los que pueden llevar una vida de eremita, porque el hombre es un ser sociable por naturaleza.
La convivencia lleva a la comunicación: al intercambio material, intelectual y amoroso. Materialmente nos ayudamos unos a otros para salir adelante. También, en el terreno intelectual, el intercambio de ideas y proyectos de todo tipo genera avances y novedades sin cuento; pero donde se da la novedad más profunda y radical es en la concepción y nacimiento de una nueva criatura humana. Su característica fundamental es que, además de ser fruto de sus progenitores, es providencia de la amorosa actividad del Creador. De ahí deriva su sacralidad. Para aclararnos mejor: cuando una pareja dice: “ha sido un hijo no buscado”, se está diciendo de una manera delicada que su relación amorosa no contaba con la aparición de un hijo. Pero Dios, sí. Ninguna persona viene al mundo sin ser querida efectiva y afectivamente querida por Dios, Creador y Padre.

Descubrir un amor que nos precede, un amor que es más grande que nuestros deseos, un amor que es expansivo, un amor que transforma las dificultades en oportunidades de crecimiento, un amor que abarca alma y cuerpo…nos ayuda a comprender que el camino para aprender a amar consiste, en primer lugar, en recibir el amor, en acogerlo, es experimentarlo y hacerlo propio. “El amor originario, que implica siempre esta singular iniciativa divina, previene contra toda concepción voluntarista o emotiva del amor”.

La dignidad del cuerpo

El Génesis en el versículo 25 del capítulo segundo dice: «Los dos estaban desnudos, Adán y su mujer, pero no sentían vergüenza».

Según nos informa el diccionario de la RAE en su primera acepción, la vergüenza es “Turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante”. Nos indica así el diccionario que en su estado original, Adán y Eva, tenían un perfecto control de su cuerpo desnudo que no les llevaba a ningún mal deseo, sino a dar gloria a Dios
Los cuerpos de Adán y Eva eran maravillosos, limpios.
El demonio, sabedor de que con el cuerpo no podían pecar, atacó a su alma…”Sois criaturas de Dios, pero no sois Dios, y podríais serlo. Seréis como dioses”. Conocemos el relato y cómo termina la tentación.
Cuando llegó “la plenitud de los tiempos” apareció María, la nueva Eva, sin mancha ni pecado. Reapareció la belleza del cuerpo, su orden, su armonía. En apariencia una mujer corriente, pero de ella nació Jesús. El verbo se encarna, y el demonio se ensaña: empuja a Herodes a la matanza de los niños inocentes. Está aún mas rabioso que antes porque detesta la corporalidad; odia a los hombres y mujeres por su corporalidad; presenta mil y una tentaciones de la carne para que el cuerpo se arrastre: alcohol, drogas, promiscuidad sexual…Excesos de todo tipo buscando inútilmente el paraíso perdido. Aunque sus tentaciones favoritas van dirigidas al espíritu; y así, le parece más importante fomentar la presunción, la soberbia, la egolatría, el desprecio, la vanidad…

Nos interesa ahora prestar atención al relato del Génesis. Cuando después del pecado Adán y Eva se cubren y se esconden, Dios sale en su búsqueda. Se dirige a Adán preguntándole:

-«¿Dónde estás?
-Este le contestó:
-Oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque estaba desnudo; por eso me oculte.
-Dios le pregunto:
-¿Quién te ha indicado que estabas desnudo?; ¿acaso has comido del árbol del que te prohibí comer?» (Génesis 3,9a-11).

Es de gran importancia la pregunta «¿quién te ha indicado que estabas desnudo?», porque señala el cambio del sentido del pudor. Antes del pecado Adán y Eva estaban desnudos y el cuerpo manifestaba también la gloria de Dios. Toda la riqueza del alma repercutía en gloria del cuerpo. Podríamos decir que ese cuerpo era un cuerpo “glorioso”, como el que tendremos en el cielo; aunque quizá sería más correcto calificarlo como “gozoso”. El uso -que no el abuso- del cuerpo les causaba gozo. Pero cuando el alma se desordena por la soberbia (que es el pecado de origen), el cuerpo se desordena por la lujuria.
Ciertamente es más culpable y peligrosa la soberbia que la lujuria. Pero las personas lujuriosas, que viven pensando en el placer, se incapacitan para la entrega a los demás, y acaban uniendo a la lujuria, la soberbia.

En una infancia normal el cuerpo ocupa el lugar que le corresponde, y se comporta naturalmente como debería hacerlo toda la vida; lo que significa que el cuerpo se va desarrollando siguiendo al espíritu, que está creciendo gozosamente al compás de tantos descubrimientos como hacen los niños
«Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos» (Mt. 18,3). El alcance de esta frase del Señor es mucho mayor de cuanto podría parecer a primera vista, porque se refiere no sólo al espíritu sino también al cuerpo; es decir, el cuerpo adulto de no mediar el pecado hubiera mantenido la limpieza del cuerpo infantil.
En el estado de naturaleza paradisiaca, antes del pecado, el cuerpo daba gloria a Dios como acabamos de considerar. La soberbia, que condujo a la lujuria, corrompería la limpia atracción sexual. En el estado de naturaleza caída, en el que nos encontramos, es más difícil, pero en modo alguno imposible, que la entrega corporal revista tal delicadeza y generosidad que redunde decisivamente en la unión espiritual de los esposos.
Hablando del matrimonio hay que tener en cuenta la mayor integración en la mujer de la corporalidad y la afectividad; en el hombre hay mayor distanciamiento y la corporalidad se proyecta, más sobre la sexualidad. Algunos dicen, de manera un poco tosca y brutal, pero gráfica, que mientras la mujer mira a los ojos el hombre mira a las piernas.
En Adán y Eva, la relación física antes de la caída era limpia, placentera y de entrega; más de donación que de posesión No había connotaciones lujuriosas que suponen una mirada torcida, opaca al espíritu. El pudor, que sí que tenían, era más espiritual que corporal. Todos tenemos un mundo interior, propio y reservado, que se abre únicamente cuando tenemos la seguridad de que la persona que nos escucha nos quiere y nos entiende. Hay que tener una seguridad muy grande de que nuestro amor es correspondido para poner en manos del otro lo más preciado de nuestra vida: el corazón. Pero ese es el lenguaje eterno de los enamorados que nunca pasa de moda. En ese marco de entrega plena y generosa es donde se puede hablar con coherencia de los hijos como fruto del amor, porque de nuestro propio cuerpo, respetado con reverencia y entregado por amor, viene la fecundidad.
No podemos, sin embargo, olvidar que -en la situación actual- nuestra naturaleza caída genera mucho dolor. Debemos, por tanto, abordar el uso de nuestro propio cuerpo y del cuerpo de los demás para intentar poner remedio al abuso en lo que esté de nuestra parte.
Pero no salgamos tan rápidamente del paraíso. Tiempo tendremos para ello. Se ha dicho que la infancia es, en cierto modo, la persistencia del paraíso en la tierra. Siempre, claro está, que se trate de una infancia adecuada y apropiada al ser del niño.

El niño nos permite intuir la vida antes de la caída

Se suele denominar como primera infancia al periodo comprendido entre los cero y los cinco años.
En una infancia normal el cuerpo ocupa el lugar que le corresponde, y se comporta según su naturaleza, como debería hacerlo toda la vida. Esto significa que el cuerpo va creciendo siguiendo al espíritu, que también lo está haciendo. Por sus limitaciones, que son las propias de la edad, las demandas naturales se comunican con ruidos y gestos. El niño llora, y cuando lo hace no es necesariamente por dolor, sino porque está demandando una cosa (habitualmente comida). Igual que cuando sonríe no es porque le haga gracia algo, sino porque la propia naturaleza le ayuda de esa forma a atraer la atención de los mayores que le dicen “cuchi, cuchi…y el niño recibe caricias y besos (que lo necesita), y se le coge en brazos. Es lo que se denomina sonrisa social

Hasta que el niño no es capaz de caminar solo (en torno al año) la higiene y el vestido dependen fundamentalmente de la madre, y de los que cuidan de él, si llevan al niño a una guardería. Desde la perspectiva que nos interesa podríamos decir que en ese primer año la higiene es casi tan importante como la alimentación. Obviamente si el niño no come se muere. Pero la higiene juega también un papel importantísimo para que esté a gusto con su cuerpo, disfrutando de la limpieza, de manera que a un alma limpia corresponda un cuerpo limpio. Habitualmente son las madres las que se encargan del cuidado del niño, pero si además acude a una guardería no está de más hablar detenidamente con las que allí trabajan para asegurar que existe un plan bien trazado de seguimiento y estimulación; puede parecer que un niño de 3 meses es prácticamente igual que uno de 6, pero no es así. El crecimiento, que a una mirada ajena puede parecer lento, es continuo.

Salimos del paraíso infantil

Hemos de empezar diciendo que el mero uso del cuerpo humano es ya un abuso. Ciertamente por la dignidad y el valor del cuerpo humano resulta degradante la consideración utilitarista del mismo.
Pero el mal no está a nuestro alrededor, sino dentro de nosotros. Buscamos un placer y nos causamos un daño. Abuso del cuerpo es -por ejemplo- tomar drogas que despiertan la euforia para caer después en la depresión; o -a otro nivel- deleitarse el paladar, comiendo sin medida, para gastar luego el dinero en gimnasios y dietas. Gula y lujuria con frecuencia van unidas.
La falta de respeto y reverencia al cuerpo propio puede llevar también a provocar la excitación genital por el placer que produce. Lo que se ha llamado el vicio solitario. La masturbación, según la RAE, consiste en «estimular los órganos genitales o las zonas erógenas, con las manos o con otros medios, para proporcionarse goce sexual”. Pero ese gozo dura poco; y entrar por caminos de dependencia sexual embrutece progresivamente, enturbiando la mirada.
El efecto tolerancia, que exige cada vez niveles más altos de consumo para producir el mismo resultado, va anulando progresivamente la capacidad de entrega; y hace imposible un compromiso estable con otra persona, terminando en la promiscuidad.

La explosión, desde hace ya decenios, del consumo de pornografía, necesitaría una consideración más amplia en la que aquí no nos podemos detener. Pero sí es necesaria una referencia a que ese mundo turbio y denigrante provoca una verdadera adicción. Es rara la película o la serie televisiva que no introduzca escenas de erotismo explícito. Conviene tener en cuenta que esas escenas producen la excitación de la parte animal –no controlable- de la persona y generan adicción.

El mal uso del cuerpo del otro se puede dar, y se da con frecuencia, sin que el otro se entere. Es el caso de la difusión de fotos, más o menos comprometedoras, sin conocimiento del interesado. Con cierta frecuencia aparecen noticias de fotografías que circulan en las redes sociales sin permiso de la persona fotografiada. A veces las consecuencias son dramáticas.

En el uso-abuso del cuerpo del otro hay que tener presente una realidad extraordinariamente difundida y humillante: el negocio de la prostitución.
El hecho de que una persona consienta y colabore en la explotación de su propio cuerpo, obligada por la necesidad de subsistir, no deja de ser inhumano. El negocio de la «trata de blancas», escandalosamente extendido en todo el mundo, es tolerado sin apenas objeción por la sociedad y sus dirigentes. Sabido es que esas “esclavas sexuales” son mujeres que esconden muchas veces un gran corazón, una triste historia y una enorme amargura.

Se puede decir que aún más antinatural y desquiciado es el negocio de los vientres de alquiler, donde -en beneficio de personas con dinero y sin escrúpulos- se manipula tanto al hijo como a la madre. El hijo no sólo no será hijo de sus padres adoptivos, sino que quizá ni siquiera pueda disfrutar de una madre, como la que lo ha gestado porque en la actualidad la gestación es solicitada también por dos hombres que conviven.
El cuerpo de la mujer, y su capacidad de engendrar hijos, es aquí considerado en su dimensión meramente biológica o animal.

Obviamente el uso-abuso más sangriento del cuerpo propio y ajeno es el aborto querido y provocado, que se ha convertido en una terrible plaga. Provoca una muerte y dos víctimas; porque si es verdad que el que muere es el niño, también lo es que la madre queda “herida de muerte”. El niño intercederá por ella desde el cielo –ha recibido el «bautismo de sangre”, como los santos inocentes- para que pueda perdonarse a sí misma y perdonar también a los que, de una manera u otra, la han empujado a ese infanticidio.

La extensión de la homosexualidad y el nudismo

No queremos dejar de señalar al abordar este tema tan presente ahora en todas las instancias sociales que, no sólo no nos mueve la homofobia hacia aquellos que sienten una atracción corporal hacia personas del mismo sexo, sino que intentaremos ayudar a clarificar algunos equívocos que están en la base de tantas vejaciones y discriminaciones que ha sufrido y sigue sufriendo el colectivo homosexual. En gran medida el “orgullo gay”, con todas sus manifestaciones escandalosas, y a veces provocativas, me parece la escenificación de un “orgullo” herido. He entrecomillado orgullo porque me refiero al orgullo bueno que pide que se reconozca su dignidad; una dignidad machacada, que está pidiendo que digamos: ¡basta!

Basta, porque hay -sobre todo ha habido-mucho maltrato, mucho desprecio, mucho desconocimiento acerca de aquellas personas que siente atracción hacia los de su mismo sexo, a las que se debe tratar con el mismo respeto y aprecio que a todos los demás. Pero, no deja de ser claro también que, gran parte de las personas con tendencias homosexuales, no se han parado a reflexionar sobre si esa tendencia es natural, o no, y por tanto puede ser corregida. Porque si es natural, no hay motivo alguno para corregirla; pero si no lo es, parece claro que permanecer en ella no hará feliz a la persona que se deja llevar por esa orientación.
El dialogo sobre este tema requiere siempre respeto al oponente, y argumentación serena y documentada.

“El cuerpo y el alma constituyen la totalidad unificada corpóreo-espiritual que es la persona humana. Pero esta existe necesariamente como hombre o como mujer. La dimensión sexuada, es decir, la masculinidad o feminidad, es inseparable de la persona. No es un simple atributo. Es el modo de ser de la persona humana. Afecta al núcleo íntimo de la persona en cuanto tal. Es la persona misma la que siente y se expresa a través de la sexualidad. Los mismos rasgos anatómicos, como expresión objetiva de esa masculinidad o feminidad, están dotados de una significación objetivamente trascendente: están llamados a ser manifestación visible de la persona” .
Hablando del nudismo hay que empezar por superar los equívocos que subyacen en este importante asunto hay que empezar por advertir con claridad la diferencia entre estar desnudo y desnudarse. Ya nos hemos referido a la desnudez original del hombre y la mujer. Desnudarse es otra cosa. Se desnuda aquel que habitualmente va vestido. Los nudistas tienen sus lugares para hacerlo, y es posible que cuando se encuentran en un lugar donde todos han dejado los vestidos fuera, piensen que en ese momento es cuando realmente viven en auténtica comunión con la naturaleza. Pero no es así. En la situación actual del hombre, la desnudez mostrada voluntariamente sin necesidad (médica o artística, por ejemplo), suele provenir de una conciencia morbosa.

Morbo en su raíz etimológica significa enfermedad. No es que sea una enfermedad grave para el cuerpo, pero sí desequilibrante para la psique, y especialmente para los jóvenes a los que causa no pocos desajustes sociales y vitales.

La relevancia del cuerpo queda también de manifiesto en tres ámbitos sociales que merecen ser tenidos en cuenta: la salud, la moda y el arte.

El cuerpo sano, elegante y bello

La Salud, su cuidado y su quebranto, se sitúa en el mundo desarrollado entre las primeras prioridades, y -como es bien sabido- es una de las que recibe más recursos económicos del Estado.
Nos referimos a la salud física, porque manifiesta claramente la importancia que damos al cuerpo. La salud física incluye, obviamente, la salud mental. La salud espiritual puede, sin embargo, convivir con la enfermedad. Se puede estar enfermo, incluso de gravedad, y mantener una actitud de serenidad y aceptación. El gran desarrollo de los cuidados paliativos contribuye enormemente a ello. Pero no debemos olvidar la gran cantidad de personas que no tiene acceso a una sanidad medianamente digna. Qué conmovedora la escena de la hemorroisa, que se acerca a Jesús para tocar su manto con la seguridad de que alcanzaría la curación que necesitaba. Y así fue. Necesitamos abrir los ojos para advertir la ingente cantidad de personas que necesitan alimentos e higiene también en los países desarrollados.

La Moda, que marca las tendencias de cada época con el objetivo e de resaltar la belleza y dignidad del cuerpo humano ha estado presente desde la antigüedad, creando todo un mundo alrededor de la indumentaria. El nivel social, los cargos políticos, los cambios climáticos de las estaciones, las fiestas populares, la vida cortesana y campesina, han tenido siempre un reflejo en la indumentaria. En nuestros días la industria de la moda ha experimentado un desarrollo notabilísimo en todo el mundo. Aunque no es demasiado propio calificar de “industria” a un sector de producción que cuenta con personas que pertenecen al ámbito de la creación, del arte y de la belleza. Es también cosa sabida que no pocos de los que visten a conocidas artistas, o a mujeres destacadas por distintos motivos, son hombres, no mujeres; modistos, no modistas. Algunos de ellos con tendencia homosexual, otros no, pero con gran sensibilidad en todo caso. Quizá por eso pueden acertar tan plenamente en sus creaciones. Su trabajo es de gran valor porque está ahí para dignificar y hacer aún más atractivo el cuerpo femenino, en oposición a esas oleadas de exhibicionismo de mal gusto que sólo buscan llamar la atención.

El Arte es un término que abarca una gran variedad de manifestaciones del espíritu. Las tendencias artísticas mandan mensajes y contenidos que abren nuevos horizontes. Aquí, la creatividad se manifiesta de mil formas
En el siglo XVIII comenzó un fuerte desarrollo de las artes plásticas, la danza, la música, la poesía…que, como es sobradamente conocido provienen de la antigüedad, especialmente de la civilizaciones más desarrolladas. A comienzos del siglo XX apareció el llamado séptimo arte: el cine, que tanta influencia ha tenido y sigue teniendo en todo el mundo. Las nuevas técnicas del mundo digitalizado están explorando nuevas posibilidades para el acceso a ese mundo inacabable de la creatividad humana.

A modo de Conclusión

Hemos empezado hablando de “el carácter sagrado del cuerpo humano”, pero para entender a fondo su relevancia tendríamos que meditar a fondo el hecho de que Dios ha tomado cuerpo
Al pronunciar las palabras de la consagración “…porque esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros, Dios rompió todas las barreras del amor. Este es el “Misteryum fidei”, el misterio de nuestra fe. Se crea así un círculo amoroso que no llegaremos en esta tierra a comprender del todo.
Este círculo comienza por el designio divino de traernos a la existencia por amor, continúa con el buen amor propio que consiste en amarnos a nosotros mismos porque Dios nos ama, y se vuelca luego ese amor en los que nos rodean, porque son hijos de Dios, y así con esa unidad profunda devolvemos el amor recibido a nuestro Padre Dios.

El círculo del Amor

Somos también hijos de María, Madre de Dios y Madre nuestra, que velará por nosotros hasta el último instante de nuestra vida.