El carácter familiar del Opus Dei

por | abril 3, 2019

En muchas ocasiones y de muchos modos explicó San Josemaría que el Opus Dei no era fruto de un querer suyo o resultado de su amor a Jesucristo y a las almas, sino iniciativa divina: manifestación del tierno y perenne amor de Dios, que busca a los hombres en todas las épocas y por todos los caminos.

El camino de la familia fue, precisamente, el que Nuestro Señor Jesucristo recorrió -junto con María y José- para manifestarse como luz y salvación de todos los hombres. Era lógico, por tanto, que cuando quiso inspirar el Opus Dei para enseñar a innumerables personas a hacer divinos los caminos divinos de la tierra, lo hiciera a través de una familia. En efecto, desde el primer momento, el jovencísimo sacerdote, elegido por Dios como Fundador de este nuevo -con hondas raíces evangélicas- fenómeno pastoral dentro de la Iglesia, fue constituido como Padre; y todos los que, por él, fueron siendo llamados y respondieron afirmativamente a esa vocación divina quedaron constituidos como hijos suyos y hermanos entre sí.

No le fue fácil a San Josemaría —como atestigua documentadamente Vázquez de Prada- asumir ese nuevo título: -«Hasta el año 1933 me daba una especie de vergüenza de llamarme Padre de toda esta gente mía. Por eso yo les llamaba casi siempre hermanos, en vez de hijos».1 Vergüenza, porque no se trataba del apelativo respetuoso con que algunos se dirigen al sacerdote en España, especialmente si es religioso; sino de una auténtica y real paternidad, de la que era muy consciente.

«Hasta el año 1933 me daba una especie de vergüenza de llamarme Padre de toda esta gente mía. Por eso yo les llamaba casi siempre hermanos, en vez de hijos».

Esta dimensión familiar, esencial desde el primer momento -incluso cuando San Josemaría se encontraba aún solo en la empresa sobrenatural- es la que queremos explicitar en estas páginas.

Lo haremos no a través de un análisis meramente intelectual, sino acudiendo a la vida, para ver reflejada en ella la realidad de ese don. Primeramente nos acercaremos a los recuerdos de algunos que conocieron los primeros centros del Opus Dei, y nos transmiten con sencillez y viveza sus impresiones; recogeremos después el testimonio que nos llega de uno de los primeros hogares de familia cristiana que se formaron siguiendo el espíritu de San Josemaría.

1. «Una grata impresión inicial»

Comencemos, pues, por traer aquí algunos testimonios de los que se acercaron a San Josemaría, cuando ya un grupo de jóvenes bullía a su alrededor en aquellas primeras residencias de estudiantes puestas en marcha por él con tanto sacrificio como ilusión.

No nos interesa acumular textos, ni reflejar los muchos aspectos que, sin duda, contribuían a conformar un ambiente distinto (estudio serio, grandes ilusiones profesionales, delicadeza en el trato, libertad y pluralismo político…), sino detenernos en aquellos pasajes que reflejan el encuentro con un tono familiar no esperado.

Pedro Casciaro nos cuenta la primera vez que acudió a la residencia de Ferraz 50 para conocer al Fundador del Opus Dei. Corría el año 1935, y no tenía ningún interés especial en hablar con un sacerdote:

«¿Por qué accedí? He de reconocerlo: pura y simplemente por curiosidad. La curiosidad era parte de mi modo de ser: me gustaba tratar a gente mayor que yo, conocer nuevos ambientes y fijarme en todo, hasta en los menores detalles. Pero acudí con el firme propósito de no hablar con aquel sacerdote de cuestiones personales: iba a ver, a observar, a analizar; nada más.

Quedé una tarde con Agustín, a finales de enero del 35. Me condujo al número 50 de la calle Ferraz, en el barrio de Argüelles. Subimos al primer piso. Yo iba, como siempre, fijándome en todo. Allí, junto a la puerta, se leía, en una placa reluciente: Academia DYA. Entramos. El recibidor me produjo una grata impresión inicial. No era lo que yo me pensaba: me había imaginado un local destartalado y frío, y me encontré en el vestíbulo de una casa de familia de clase media, más bien modesta, decorado con buen gusto y, sobre todo, muy limpio. El ambiente era cordial y distendido. Buen comienzo. Me gustó».2

El «buen comienzo», en su primer contacto con el Opus Dei, de aquel joven y observador estudiante de arquitectura, a través de la limpieza, el buen gusto y la sobriedad no fue casual o irrelevante. La casa, el lugar que uno habita y hace habitable para los demás, manifiesta «la habitación interior»; proyecta hacia fuera el propio espíritu; y, si ese espíritu es familiar, se convierte en un espacio acogedor que facilita la intimidad y la apertura. Pocos momentos después de su llegada a Ferraz tuvo Pedro la oportunidad de comprobarlo: «Realmente el Padre (…) no tenia nada que ver con la idea que yo me había hecho de él:
me esperaba un curita espiritualista y algo raro, conforme a la caricatura de mis prejuicios, y me encontré con un sacerdote joven, de treinta y tres años, vigoroso, cordial, simpático, muy espontáneo y natural, que me infundió, desde el primer momento, una gran confianza y, al mismo tiempo, un respeto muy superior al propio de su edad. Me llamó poderosamente la atención su bondad, su alegría contagiosa, su buen humor… y le abrí mi alma como nunca había hecho con ninguna otra persona a lo largo de toda mi vída».3

Poco tiempo después, se encontraba ya Pedro Casciaro viviendo en aquella residencia: «Aquellos meses de enero a junio de 1936 fueron particularmente intensos en todos los aspectos. Yo estrenaba mi vocación y experimentaba la alegría de residir por primera vez en un Centro del Opus Dei».

San Josemaria, en el centro, juntos a estudiantes de la primera residencia del Opus Dei

Pedro evoca también las tertulias que tenían los domingos por la tarde: «En medio de este panorama de intenso trabajo había unos momentos en la semana especialmente entrañables, en los que experimentaba con especial intensidad el cariño del Padre y el calor de familia propio del Opus Dei. Esos momentos tenían lugar los domingos por la tarde, cuando solíamos quedarnos a solas Paco y yo con el Padre. Nos sentábamos alrededor de su mesa de trabajo y nos hablaba del Opus Dei. Mientras tanto, iban llegando otros miembros de la Obra y se formaba una tertulia. (…) ¿De qué nos hablaba el Padre? Me resulta difícil sintetizarlo en pocas líneas: mostraba ante nuestros ojos, con su lenguaje vibrante, toda la riqueza de la vida cristiana de un hijo de Dios en su Opus Dei. Sí tuviera que resumirlo, lo diría con estas palabras suyas, que nos repetía con insistencia: Santidad personal, santidad personal (…). Nos hacía partícipes de sus ilusiones y proyectos, y del desarrollo de las labores apostólicas (…). Estas tertulias de los domingos por la tarde eran muy sobrenaturales, muy vibrantes, y al mismo tiempo muy amenas y muy divertidas».4

«Nos hacía partícipes de sus ilusiones y proyectos, y dei desarrollo de las labores apostólicas (…). Estas tertulias de los domingos por la tarde eran muy sobrenaturales, muy vibrantes, y al mismo tiempo muy amenas y muy divertidas».

Se podría decir que el asombro que traslucen los muchos testimonios que se refieren a ese ambiente familiar que creaba a su alrededor San Josemaría, se debe a la conjunción plena entre lo sobrenatural y lo humano; y, quizá -aún más-, a las dimensiones humanas, alegres, cordiales en que se manifestaba, precisamente, la cercanía a Dios. Como si las luces divinas dieran al paisaje humano un colorido nuevo, armónico, brillante y matizado al mismo tiempo.

Los pintores saben que la mucha luz aplana los colores y, con la fuerza, se pierden los matices; y que, por otra parte, la luz tenue, delicada, produce esa nostalgia intimista que le hace a uno perderse por las interioridades… ¡Quién pudiera ser a la vez Sorolla y Veermer, Miguel Ángel y Leonardo!

Durante mucho tiempo se pensó, o quizá sería más correcto decir que se vivió (porque la doctrina estaba clara), una separación entre lo sobrenatural y lo humano. Como si una persona cercana a Dios no pudiese ser «vigorosa, cordial, simpática, muy espontánea y natural», como hemos escuchado a Pedro Casciaro.

Tras la destrucción en la guerra civil de la residencia de Ferraz, nos encontramos en otra residencia similar en la calle Jenner, nada más acabar la contienda. Es Francisco Ponz el que esta vez nos aporta sus recuerdos:

«El ambiente de la casa me resultaba muy agradable: muy acogedor y simpático por la decoración, y muy cordial, amistoso y sencillo en lo humano. Abundaba la alegre vivacidad, la simpatía y el sincero afecto e interés de unos por otros. Las conversaciones no se centraban en cuestiones triviales o en lugares comunes, sino que respondían con naturalidad al nivel cultural de universitarios de distintas carreras, sin asomo de pedantería. En general había preocupación por el estudio, por no perder el tiempo. En cuanto aparecía el Padre, se formaba enseguida un corro a su alrededor. Nos sentíamos atraídos por su alegría, buen humor, cariño y sentido sobrenatural. Daba gusto estar con él en aquel ambiente familiar y escucharle aunque solo fuera unos minutos».5

«El ambiente de la casa me resultaba muy agradable: muy acogedor y simpático por ¡a decoración, y muy cordial, amistoso y sencillo en lo humano. Abundaba la alegre vivacidad, la simpatía y el sincero afecto e interés de unos por otros. Las conversaciones no se centraban en cuestiones triviales o en lugares comunes, sino que respondían con naturalidad al nivel cultural de universitarios de distintas carreras, sin asomo de pedantería».

Vuelve a aparecer la impresión de hogar, de vida plena y feliz; pero también un foco que proyecta esa luz, que crea ese ambiente con su sola presencia. Es lógico que nos preguntemos por el origen de esa cualidad preciosa que crea familia a su alrededor. Porque no se trata solamente de que San Josemaría tuviera una personalidad atractiva -como, por otro lado es la de todos los santos- y un carácter especialmente dotado para la convivencia y la relación. Quizá, entonces, se podría pensar que la colaboración prestada por la madre y la hermana de San Josemaría, en los comienzos del Opus Dei, fuese la clave para explicar aquel genuino ambiente de familia. Ciertamente es obligado detenerse algo en el importante papel que ellas desempeñaron.

2. Los padres y hermanos del Fundador

Los fieles del Opus Dei saben bien que nunca podrán agradecer bastante a doña Dolores y a Carmen Escrivá lo que hicieron por su hijo y hermano. Supieron estar en su sitio, y su sitio -el lugar querido por Dios para ellas- era importante. Los que las conocieron, descubrieron pronto su contribución para que las cosas se desarrollaran tal y como Dios esperaba.

«La familia del Padre en Jenner»: así titula Francisco Ponz uno de los apartados de su libro de recuerdos. Y en él da cuenta de la relación familiar que los jóvenes miembros de la Obra mantenían con la madre y la hermana de San Josemaría, al tiempo que describe algo de la grandeza oculta de sus virtudes. Dejémosle la palabra.

La abuela

«Como madre de nuestro Padre, doña Dolores era ‘abuela’ nuestra. Así se la empezó a llamar, al menos desde la guerra civil, y así la llamamos los demás con naturalidad. Ella disfrutaba y quería mucho a los hijos espirituales de su hijo, a sus ‘nietos’. En Jenner, al bajar a merendar al primer piso, pasábamos a saludarla en su cuarto de trabajo. Eran muy pocos minutos, pero resultaban entrañables, con bromas muy cariñosas. (…) De vida reciamente cristiana, santa de verdad, era muy piadosa, pero sin mojigaterías. (…) Cuando acudíamos a verla, se interesaba por nuestro descanso, los estudios, la salud, la alimentación, nuestro aspecto y modo de vestir. Era muy buena y sencilla. Tenia esa fina perspicacia de las madres para con sus hijos y, quizá aún más, de las abuelas para con sus nietos, con la que advierten enseguida si uno ha dormido poco, si tiene ojeras, si está más delgado, si se encuentra alegre o anda preocupado; si padece alguna enfermedad. Muchas de sus cualidades se apreciaban también en el Padre. Era muy agradable estar con ella».6

«Era muy buena y sencilla. Tenía esa fina perspicacia de las madres para con sus hijos y, quizá aún más, de las abuelas para con sus nietos, con la que advierten enseguida si uno ha dormido poco, si tiene ojeras, si está más delgado, si se encuentra alegre o anda preocupado; si padece alguna enfermedad».

Pero, además de esas cualidades personales, siempre estaba ocupada en alguna labor de provecho para los demás. Supervisaba las tareas domésticas de las que se encargaba su hija Carmen con algunas empleadas del hogar, bordaba, preparaba lienzos litúrgicos, repasaba la ropa de unos y otros…

Tia Carmen

«Carmen, pocos años mayor que don Josemaría, llevaba más directamente el peso de las tareas domésticas de la residencia (…); hacía la compra (…), le correspondía dirigir la cocina y buscar menús que hicieran posible proporcionar alimento sano y suficiente a tanta gente joven en circunstancias nada propicias (…). Este conjunto de tareas suponía para Carmen un trabajo continuo y muy gravoso que llevaba con excelente buen humor y sin darle importancia (…). Pronto empezamos a llamarla Tía Carmen, por ser hermana de nuestro Padre, aunque nos decía a veces bromeando que no la hiciéramos vieja».7

 

Todos eran conscientes de la contribución inestimable que la familia del Fundador estaba prestando a San Josemaría. Con brevedad y precisión lo expone José María Casciaro (hermano menor de Pedro, con el que empezamos esta pequeña antología de recuerdos):

«Se hacía evidente el cariño que tenían por todos, incluso por los que veían por primera vez. Era como si nos hubieran conocido desde siempre. Además de las enseñanzas de nuestro Padre, no cabe duda de que las dos contribuyeron con su ejemplo, en gran medida, a configurar el ambiente de familia de la Obra, en unos momentos de gran crecimiento. La Abuela y Tía Carmen eran cariñosas sin melindres, simpáticas sin esfuerzo, comprensivas con nuestras inoportunidades de juventud, muy humanas y sobre¬naturales al mismo tiempo, extraordinariamente generosas en darse a todos».8

Añadamos, todavía, una cita más; y esta, de singular importancia. Alvaro del Portillo señala con gran sencillez y profundidad lo nuclear del tema que nos ocupa. Se está refiriendo, como los anteriores, a la ayuda que doña Dolores y Carmen prestaron a San Josemaría, y precisa la medida en que esa ayuda interviene en la configuración del Opus Dei como familia:

«Transmitieron el calor que había caracterizado la vida doméstica de la familia Escrivá a la familia espiritual que el Fundador estaba formando. Nosotros íbamos aprendiendo a reconocerlo en el buen gusto de tantos pequeños detalles, en la delicadeza en el trato mutuo, en el cuidado de las cosas materiales de la casa, que implicanes lo más importante- una constante preocupación por los demás y un espíritu de servicio hecho de vigilancia y abnegación; lo habíamos contemplado en la persona del Padre y lo veíamos confirmado en la Abuela y en Tía Carmen. Era natural que procurásemos atesorar todo esto, y así, con espontánea sencillez, arraigaron en nosotros costumbres y tradiciones familiares que aún se viven hoy en los Centros de la Obra: las fotografías o retratos de familia, que dan un tono más íntimo a la casa; un postre sencillo para festejar un santo; el poner con cariño y buen gusto unas flores delante de una imagen de la Virgen o en un rincón de la casa, etc.

El aire de familia característico del Opus Dei se debe a su Fundador. Pero si acertó a plasmar este estilo de vida en nuestros Centros no fue solo en virtud del carísma fundacional, sino también por la educación que había recibido en el hogar paterno. Y es justo resaltar que su madre y su hermana le secundaron de modo muy eficaz».9

«Transmitieron el calor que había caracterizado la vida doméstica de la familia Escrivá a la familia espiritual que el Fundador estaba formando».

3. El aire de familia característico del Opus Dei

En los comentarios anteriores de D. Alvaro -cuyo testimonio tiene singular autoridad por ser el primer sucesor del Fundador al que siguió con total fidelidad- destaca esta frase rotunda: «El aire de familia característico del Opus Dei se debe a su Fundador». Esa afirmación señala con nitidez la dimensión familiar del Opus Dei como algo perteneciente al carisma fundacional; algo entregado por Dios a San Josemaría.

Dios no le hizo «ver» solamente un mensaje (lo que podríamos llamar la dimensión profética de ese don divino), sino el modo en que habría de introducirlo entre los hombres, haciéndolo realidad (lo que podríamos llamar la dimensión vital, que origina -a su vez- la dimensión institucional del Opus Dei).

San Josemaría debía no solo pregonar -con nuevos acentos y nueva fuerza- la necesidad de bus¬car la santidad en medio del mundo, sino que habría de convertirse en Padre de una dilatada familia que encarnara y difundiera ese mensaje. Así le declaraba a su director espiritual en 1933, al solicitarle permiso para arreciar en sus penitencias: «Mire que Dios me lo pide y, además, es menester que sea santo y padre, maestro y guia de santos».10

Esa enseñanza sobrenatural se transmite, por tanto, a través de una familia espiritual. Y esa familia va aumentando por el compromiso -que libremente adquieren, y libremente mantienen, los que a ella llegan por vocación divina- de luchar por ser santos. Eso es, propiamente, lo que constituye «el aire de familia característico del Opus Dei».

Pero como la gracia no destruye la naturaleza, sino que la eleva y la plenifica, señala también D. Alvaro que, si Escrivá de Balaguer «acertó a plasmar este estilo de vida en nuestros Centros, no fue solo en virtud del carisma fundacional, sino también por la educación que había recibido en el hogar paterno».

Indudablemente la sabiduría divina hace muy bien las cosas, y si San Josemaría debía expresar de mil modos que no podemos ser muy divinos si no somos muy humanos, era lógico que quisiera prepararle con esa rica tradición familiar hecha de buen gusto, delicadeza en el trato, cuidado de las cosas materiales, preocupación por los demás, espíritu de servicio, vigilancia y abnegación. Esa rica tradición también forma parte del «aire de familia característico del Opus Dei»; y es, quizá, lo primero que se advierte al acercarse a uno de sus Centros.

En realidad, la fuerza de unión que produce la respuesta generosa a la gracia de Dios es la que forma la auténtica familia cristiana, que no es otra cosa que la familia de Cristo. La contestación del Señor cuando le buscaban «los suyos» es de una claridad meridiana: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo la mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» {Mt 12, 48-50).

Al extender la mano hacia sus discípulos, lo que Jesús hace es ampliar el radio de alcance de su propia familia, introduciendo en ella a todos los que se comportan como María y José, cuyo alimento fue hacer siempre y en todo la voluntad de Dios. La familia cristiana está constituida en torno a Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre; y de esta realidad salvífica participa el Opus Dei.

«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo la mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12, 48-50).

4. «Tantos hogares que son uno solo»

En una entrañable tertulia familiar que San Josemaría tuvo con sus hijos el día de su santo de 1975, tres meses antes de su muerte, echaba la mirada atrás y recordaba los primeros tiempos madrileños, cuando se estaba poniendo en marcha la academia DYA:

«Cada día, cuando me marchaba de casa de mi madre, venía mi hermano Santiago, metía las manos en mis bolsillos y me preguntaba:¿qué te llevas a tu nido? Y eso mismo hemos hecho después todos: traer a nuestro nido lo que podíamos para servicio de Dios, para construir nuestro pequeño hogar en cada sitio. ‘¡Tantos hogares que son uno solo.»11

Esos hogares que se desarrollaban bajo el impulso de San Josemaría reflejaban lo que debe vivir todo fiel del Opus Dei, sea cual sea su situación, circunstancia o lugar en la vida. Es este, por tanto, el lugar adecuado para señalar brevemente los pilares básicos sobre los que se construían esos hogares que iban surgiendo, y en los que vivían miembros del Opus Dei, a veces con otras personas que no pertenecían a la Obra.

En primer lugar, ya lo hemos dicho, la pre¬sencia del Señor (que habitualmente está reservado en el Oratorio de la casa) como centro y punto de referencia para todos los que allí viven. Grande fue la alegría de San Josemaría cuando pudo, después de muchas gestiones y de una larga e ilusionada espera, dejar al Santísimo por primera vez en un centro de la Obra. El 15 de mayo de 1935 escribió: «Desde que tenemos a Jesús en el Sagrario de esta casa, se nota extraordinariamente: venir Él, y aumentar la extensión y la intensidad de nuestro trabajo.»12

Como es sabido, la mayoría de los fieles del Opus Dei no viven en Centros de la Obra, donde está sacramentalmente presente el Señor; pero, de igual modo, deben intentar que Jesucristo sea el centro de su hogar. Inmediatamente después, hay que hablar del cuidado de los detalles en la atención del hogar. En los Centros de la Prelatura se ocupan de ello, siempre que es posible, las mujeres del Opus Dei, con una completa separación entre la residencia y la zona de la administración, Al realizar esas tareas domésticas, procuran hacer presente a la Virgen por la competencia profesional, el cariño y la delicada discreción con la que actúan. Siguen en esto el ejemplo de Dª Dolores y de Carmen Escrivá.

Otro elemento fundamental lo constituye el esfuerzo por vivir una fraternidad llena de sentido sobrenatural y profundamente humana, con especial atención y cuidado de los enfermos. En este punto de la paternidad hay que comenzar por algo tan básico como dedicar tiempo a estar con los demás. San Josemaría le daba mucha importancia a las tertulias diarias que sirven a todos de descanso, ocasión de trato y enriquecimiento mutuo.

Al mismo tiempo, y por señalar un último rasgo importante, los Centros del Opus Dei fueron, desde los comienzos, hogares de «puertas abiertas», donde mucha gente entraba y salía, con el sentido de hospitalidad y apertura propio de las casas de los primeros cristianos. Es obvio que se trata de algo fundamental si la familia, con su irradiación apostólica, debe ser el motor que transforme la sociedad.

  1. Vázquez de Prada, Andrés, El Fundador dd Opus Dei. Ríalp, Madrid 1997, p. 555.
  2. Casciaro, Pedro, Soñad y os quedaréis cortos. Ríalp, Madrid 1995, p. 22.
  3. Ibid., p. 23.
  4. Ibid., pp. 52-53.
  5. Ponz, Francisco, Mi encuentro con el Fundador dei Opus Dei, Eunsa, Pamplona 2000, p. 35.
  6. Ibid., p. 62.
  7. Ibid., p. 63.
  8. Casciaro, José María, Vale la Pena, Rialp, Madrid 1998, p. 127.
  9. Portillo, Alvaro del, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei (a cargo de Cesare Cavaiierí) Rialp. Madrid 1995 (8*. Edición), pp. 88-89. La negrita es nuestra.
  10. VÁZQUEZ de Prada, Andrés, Op. c/t, p. 554.
  11. M.W., Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei (en el 50 aniversario de su fundación), Eunsa, Pamplona 1985, p. 28.
  12. VÁZQUEZ DE Prada, Andrés, Op. cit, p. 546.