Algunos comportamientos disfuncionales

por | septiembre 19, 2018

En este artículo se tratan algunos de los comportamientos disfuncionales de los niños.

 


El niño madrugador

Cuando un niño se despierta demasiado temprano y molesta a toda la familia, ¿qué se puede hacer?

En primer lugar, hay que conocer la razón de ese hábito madrugador del niño. Para ello son las si­guientes preguntas:

  1. ¿Duerme habitualmente menos horas que los niños de su edad? 2. ¿Cuántas horas duerme cada noche? Para responder a esta cuestión es oportuno apuntar las horas que duerme cada día durante al menos una semana.
  2. ¿Existe un número de horas aproximado o las horas de sueño varían de día en día?
  3. ¿Está el niño tranquilo y de buen humor por las mañanas? ¿Mantiene ese estado hasta la hora de la siesta o la hora de acostarse?

Si el niño duerme más o menos las mismas horas cada noche y está tranquilo y alegre durante el día, hay que entender, en principio, que duerme lo suficiente para cubrir sus necesidades y la solución está en retrasar la hora de llevarlo a la cama o en enseñarle a jugar tranquilamente en la cama cuando esté despierto.

Sobre este último punto -jugar en la cama- hay que partir de la base de que un niño normal no puede estar sin hacer nada. Por lo tanto, si se quiere que esté tranquilo hay que darle ocupación. Para que el niño comience a jugar según se despierta por la mañana conviene preparar su despertar la noche anterior, por ejemplo por medio de:

  • Sorpresas.
  • Dejándole juguetes a su alcance.
  • Grabándole cuentos o poniéndole música.
  • Poniéndole la televisión o cintas de vídeo (con sentido de la medida).

Si, por el contrario, el niño parece necesitar más horas de sueño, pueden utilizarse para lograrlo las técnicas que a continuación se exponen.

  • Con algunos niños basta con que los padres les expliquen de modo serio y directo la situación.
  • En otros casos, habrá que ir acercándose a la meta paulatinamente. Si el niño está muy excitado, habrá que tranquilizarle poco a poco, por ejemplo cantándole canciones, primero muy alegres, coherentes con su excitación, y progresivamente más lánguidas hasta que le entre el sueño.
  • Alentar al niño a lograr dormirse, basándose en su voluntad de colaboración puede ser un buen método en otros casos.
  • También puede ofrecerle algún premio si logra levantarse más    tarde.
  • Otra posibilidad es esperar unos minutos antes de ir a su habitación cuando llame, en muchos casos vuelve a dormirse (a menos, por supuesto, que se presuma que tiene algún problema más o menos serio).
  • Muchos niños no saben cómo volverse a dormir una vez que se han despe­rtado, así que es preciso enseñarles. Un modo es que uno de los padres se tumbe en la cama con el niño y suavemente le vaya explicando lo que debe hacer para quedarse dormido: cerrar los ojos; pensar en algo que le resulte agradable y que sea relajado, etc.
  • En otros casos quizás deban usarse técnicas de relajación.

 


El niño dormilón

El supuesto contrario es el del niño que tiene tendencia a dormir demasiado, al menos a juicio de sus padres. Antes de empezar a buscar soluciones es preciso saber si el niño duerme con habitualidad lo suficiente (según las preguntas que hemos formulado con anterioridad). Si, al parecer, el niño duerme de modo suficiente pero está cansado y somnoliento durante el día, antes que nada es conveniente llevarlo al pediatra por si existieran problemas médicos.

Aparte de ello, algunas reglas básicas respecto del dormilón son las siguientes:

  • Hay que evitar que por ruidos, luces u otras molestias, el niño se despierte en medio del sueño.
  • Hay que lograr que el despertar y el comienzo del día sean lo más agradables posibles para el dormilón.
  • Conviene alentar la independencia del niño, promoviendo que se despierte, vista, etc. por su cuenta.
  • Pueden usarse estímulos físicos, tales como música, luz, etc. que le ayuden a despertarse.
  • Puede aplicarse también el método de las consecuencias naturales: Hacerle sufrir las consecuencias ocasionadas por su falta de actividad (a partir de siete u ocho años).

 


El niño que no quiere acostarse

Los niños se resisten a acostarse por diversos motivos: tienen miedo a la oscuridad o a no despertarse, o se sienten inseguros cuando están solos, o simplemente no les gusta.

Sin embargo, es necesario que los niños tengan una hora fija para irse a la cama, tanto para que los padres puedan tener un rato de tranquilidad como para que el propio niño esté despierto y relajado al día siguiente. Algunas posibilidades son:

  • Señalar de modo firme el momento de acostarse.
  • Establecer unos hábitos en el momento de acostarse, como
  • Simplificar
  • Mantener al niño calmado.
  • Hacerlo agradable (contarle un cuento, música, etc).
  • Ser flexible.
  • Hablar con el niño de sus miedos y angustias.
  • Hacer frente a la tendencia a levantarse continuamente:
  • Enseñar al niño cómo irse a la cama.
  • Colocar junto al niño todo lo que se necesita para la noche.
  • No discutir con él.
  • Reforzar la cooperación del niño.
  • Ofrecer recom­pensas, quizás utilizando el gráfico del momento de acostarse si este mo­mento se ha convertido en la lucha de cada noche.

 


El niño que se despierta durante la noche

En ocasiones el insomnio obedece a un problema médico o emocional que debe resolverse por su propio camino. En otro caso, algunas ideas son las siguientes:

  • Ignorar sistemáticamente.
  • Ayudar al niño a dormirse de nuevo: técnicas de relajación, música tranquilizadora, etc.
  • Proporcionar al niño juguetes o pasatiempos que permitan seguir durmiendo a los demás y a él volverse a dormir con tranquilidad.
  • Reforzar y recompensar el sueño.

 


El niño que quiere dormir con sus padres

Que el niño duerma ocasionalmente con sus padres no es un problema, pero sí lo es que lo intente hacer de modo habitual, porque la habitación de sus padres no es su sitio. Algunas ideas son las siguientes:

  • Hay que procurar impedir la costumbre desde su inicio, para que no forme hábito.
  • Enviar de nuevo al niño a su cama.
  • Hacer que el niño se sienta incómodo en la cama de sus padres (que no le hacen caso porque fingen estar muy cansados, o le apretujan o empujan a una esquina como en sueños) para que su propia cama y habitación le resulte más agradable.
  • Impedir que el niño llegue a la cama de sus padres cerrando la puerta de su habitación o la de sus padres.
  • En casos extremos habrá que solicitar ayuda profesional.

 


El niño que quiere dormir con sus hermanos

No es conveniente tampoco que el niño duerma en la misma cama que sus hermanos, aunque no hay óbice, por supuesto, a que duerma en la misma habitación. Los consejos son similares a los anteriormente enunciados. Puede añadirse:

  • Las explicaciones, con cariño, de que cada uno tiene un sitio y que debe dejar dormir a su hermano.
  • Los gráficos con premios por mantenerse en su propia cama.
  • Hablar con el niño de sus posibles miedos nocturnos.
  • En algún caso, proporcionar al niño un oso de peluche o análogo.

 


El niño con terrores nocturnos

Pesadillas y terrores nocturnos son dos cosas distintas. Los terrores nocturnos no son sueños que produz­can miedo, ni el resultado de la actividad del sueño. Por el contrario, se cree que reflejan etapas inmaduras del sueño, en las que el niño tiene dificultad para hacer la transición del sueño profundo al sueño más superficial.

Poco es lo que se puede hacer para ayudar al niño durante un terror nocturno. Se debe simplemente esperar a que cese y recordar que no ha sido causado por las tensiones y que no tendrá efectos traumáticos ni duraderos. En todo caso conviene:

  • Tranquilizar al niño.
  • Regular los horarios de sueño.
  • Consultar a un profesional.

 


El niño que tiene pesadillas

Las pesadillas son frecuentemente el resultado de sentimientos de inseguridad, ansiedades, miedos o preocu­paciones. Pueden ser aterradoras para el niño (y para sus padres). A menudo están inducidas por el dolor, la sobreexcitación, el miedo o la ansiedad. Es frecuente que se deban concretamente a programas violentos de televisión o amenazas impropias y casi enfermizas por parte de los padres.

En muchas ocasiones, hablando con el niño puede llegarse a saber qué es lo que le perturba. Criterios generales en este tema son los siguientes:

  • Dar al niño seguridad y tranquilidad.
  • Evitar la excitación excesiva.
  • Comentar con el niño miedos, problemas o acontecimientos.
  • Tomar medidas para evitar las causas de las pesadillas que se repiten.

 

El niño que se levanta de mal humor

Otro problema, más o menos frecuente, es el de las personas que se levantan de mal humor. En el caso de los niños puede usarse las siguientes técnicas:

  • Ignorar sistemáticamente. En lugar de mencionar el mal humor del niño, comentar abierta y positivamente las conductas agradables del resto de miembros de la familia.
  • Modificar la hora de levantarse. Es posible que la hora de levantarse coincida con un periodo de sueño profundo del niño y que modificándola incluso unos minutos el mal humor desaparezca.
  • Tratar al niño con humor y bromas ponderadas hasta que cambie de animo, puede también dar buen resultado.
  • Otra posibilidad es mostrar al niño cómo se comporta. Por ejemplo, leyéndole algún libro en que algún personaje sea paradigma de mal humor y enseñarle cómo a nadie gusta esa actitud. Pueden pedirse al niño sugerencias acerca de cómo sería ese personaje (aplicable a él) de buen humor.
  • Déle un tiempo límite: tan solo tiene cinco minutos para comportarse así. En caso de que no resulte dígale que desaparezca de la vista de todos hasta que haya cambiado de humor.
  • Hágale saber que está de mal humor, por ejemplo, repitiendo en voz alta con vd.: estoy de mal humor, pero intento cambiar.
  • Haga un gráfico con recompensa de estrellas doradas (o similar) a la mejor actitud por la mañana.

 


El niño que remolonea para vestirse

Según su desarrollo, entre dos y cuatro años los niños pueden aprender a vestirse. Aproximadamente a los dos años pueden quitarse un vestido o un abrigo; a los tres, pueden ponérselos; a los tres y medio, abrocharse botones y a los cinco, la ma­yoría de niños pueden vestirse solos, excepto hacerse los nudos de los zapatos.

Algunos criterios generales son los siguientes:

  • Proponerse metas realistas.
  • Elegir prendas que faciliten su trabajo al niño.
  • Enseñarle cómo -las técnicas adecuadas- vestirse.
  • Lograr que el niño asuma la situación como propia.
  • Hay que hacer que el niño se divierta con esta actividad.

Algunos juegos que ayudan a ello son:

  • Enseñar al niño con estribillos.
  • Vestirse al mismo tiempo.
  • Proponerle conseguir récords.
  • Jugar a vencer al reloj.
  • Jugar a la carrera contra reloj.
  • El juego de las preguntas: de qué color, de qué forma, de que tela es cada ropa que se pone.
  • El juego de los nombres: cómo se llama, o también qué nombre se inventa él para cada prenda.

 


El niño que no quiere desayunar

Conviene intentar, en la medida de lo posible, desayunar juntos, en familia, sin prisa y que la ocasión sea agradable. Dé por sentado que a todo el mun­do le encanta el desayuno y demuestre que es cierto. Algunos consejos son:

  • Hacerlo divertido.
  • Dejarle que ayude a planificarlo y a prepararlo.
  • Reducir el desayuno.
  • Ofrecer un desayuno variado.
  • Buscarle un compañero de desayuno.
  • Acompañar el desayuno de un juego que al niño le guste (construir una torre, pintar un dibujo mientras él desayuna, etc.).
  • Fijar un tiempo límite para desayunar.

 


El niño que no quiere lavarse

Es conveniente hacer del baño un acontecimiento diario agradable. Para ello, debe resultarle por una parte algo divertido, pero por otra hay que afianzar su seguridad en la bañera. En todo caso, el baño debe ser un acontecimiento incuestionable en casa; y el niño lo aceptará mejor si sabe que bajo ningún concepto se va a ceder con él en este punto.

Es oportuno también fomentar la independencia del niño, para que progresivamente vaya bañándose o lavándose solo. Si bien debe tenerse en cuenta que hasta los cuatro o cuatro años y medio los niños no logran lavarse solos de modo eficaz. Bañarse solos no suelen lograrlo hasta los seis años. A que los niños se laven ayuda,

  • Poner las cosas al alcance.
  • Empezar pronto.
  • Permitir elecciones acerca de ducha o bañera o el juguete con que se bañarán, etc.
  • Utilizar la imaginación; por ejemplo proponiendo al niño que aprenda a bucear.
  • Recompensar la limpieza.
  • Establecer una inspección diaria.
  • Aplicar consecuencias naturales.

Un aspecto importante es la limpieza bucodental, después de cada comida. Conviene:

  • Establecer el hábito pronto.
  • Enseñar al niño cómo cepillarse los dientes de modo concreto.
  • Construir el hábito con motivación positiva.
  • Usar al dentista para motivar la limpieza.

 


El niño que ve excesiva televisión

Es muy conveniente que los padres sepan el número de horas que sus hijos ven la televisión de modo concreto (no está de más llevar un cuadernillo e ir apuntándolas, a veces se encuentran sorpresas). Probablemente sea útil una programación previa de la televisión que se ha de ver durante la semana.

De igual modo, es necesario que los padres estén seguros del contenido de los programas que los niños van a ver. También en este aspecto se producen sorpresas muchas veces. Es muy oportuno que los padres vean la televisión al mismo tiempo que sus hijos y que comenten las imágenes. Los programas de televisión influyen claramente en los valores del niño y en su percepción del mundo y de la realidad social, especialmente cuando el efecto se produce de forma acumulada.

Los hábitos televisivos no deben impedir las actividades familiares (por ejemplo conversaciones o juegos) ni el hábito de lectura y deporte que conviene fomentar en los niños. Para ello, mejor que prohibir es proporcionar al niño alternativas que sean más atrayentes que la televisión.

 


El niño adicto al videojuego

Los videojuegos son divertidos, a los niños les gusta la interacción con la pantalla. En este sentido es bueno que los padres se unan al jugador y experimenten por sí el sentido de la competición que mantienen.

Algunos programas son también educativos: ayudan a agudizar la coordinación óculo-manual, mejoran la capacidad de procesar la información a través de diversos canales sensoriales de modo simultáneo y dis­minuyen el tiempo de reacción. Además, son una forma de iniciarse agrada­blemente al manejo de un ordenador.

Pero su uso indiscriminado puede provocar adicción con cierta facilidad. Por ello es importante controlar el tiempo que el niño pasa dedicado a esta actividad. Hay que tener en cuenta, no obstante, que muchas veces la fascinación que al principio produce el videojuego decrece una vez conocido, por saturación.

 


El niño caprichoso y pedigüeño

Hay casos de niños que con tal de obtener lo que quieren arman monumentales rabietas en privado o en público. En muchas ocasiones la culpa es de los padres que ceden ante el capricho del niño, y éste lo sabe, sea porque el padre está muy ocupado o porque es débil frente al niño.

Para evitarlo hay que mantenerse firme en la actitud inicialmente tomada, sin ceder a la rabieta por fuerte que sea. Vencida la rabieta en la primera ocasión, las posteriores serán más suaves.

Suele ser útil distraer la atención del niño con una actividad u objeto distinto.

De todos modos, hay que considerar que lo que el niño busca muchas veces es llamar la atención de sus padres y conviene plantearse si esto se debe a que se le hace poco caso.

 


El niño que olvida o pierde sus cosas

Que el niño pierda sus cosas puede ser síntoma de un trastorno de atención, pero habitualmente solo puede calificarse de despiste y si es habitual de negligencia. Para evitar estas situaciones conviene:

  • Tener orden en la habitación del niño y proporcionarle un sitio concreto para sus cosas.
  • Enseñar al niño a preguntarse si no ha olvidado algo.
  • Enseñar al niño trucos de memoria, a mirar a su alrededor cuando abandona un lugar y a examinarse para «ver si lo lleva todo».
  • Si el niño es pertinaz en sus pérdidas, lo mejor es aplicar el método de las consecuencias naturales: dejarle sin ellas.

 


El niño que no está quieto

El niño se ve impulsado naturalmente a reconocer el mundo que le rodea como modo de madurar y aprender, por lo que obligarle a estarse quieto es muy difícil; y muy a menudo innecesario o contraproducente.

De todas formas, hay ocasiones en que hasta un niño debe estarse quieto; para lograrlo pueden intentarse las siguientes propuestas:

  • Contar y dar palmadas.
  • Utilizar un cronómetro, para ver cuanto tiempo se resiste sentado. Ofrecer un minuto (o varios) de actividad agradable por cada minuto que se permanezca sentado.
  • Contarle cuentos que le hagan pasar mejor el tiempo, sobre todo aquéllos en que el protagonista esté sentado: el despegue de un avión, etc.
  • Jugar a la estatua, a ¿quién está pegado?, etc.

 


El niño desobediente

Con respecto a la obediencia del niño lo primero que hay que recordar es que las órdenes que se le impartan deben ser sensatas y adecuadas a la capacidad del niño.

Para que las órdenes sean sensatas el adulto que las da debe saber lo que quiere y cómo realizarlo. Es conveniente pararse a pensar antes de indicar una cosa si medio minuto después se va a cambiar de opinión o lo ordenado es una tontería o una equivocación. También hay que saber evitar los tonos de voz desabridos.

En cuanto a las capacidades del niño hay que tener en cuenta:

  • El número de órdenes que se impartan ha de ser racional; no es posible que el niño acepte una orden por minuto.
  • Las órdenes han de ser claras y concisas.
  • Antes de obtener una orden hay que asegurarse de que se ha obtenido la atención del niño; una vez impartida es conveniente cerciorarse de que el niño ha comprendido.
  • Si es posible, es preferible convertir las órdenes en un juego o en una colaboración que hacer de ellas una imposición.

Por otra parte, la actitud del niño ha de ser tomada en cuenta:

  • En caso de comportamiento positivo es muy importante el elogio.
  • En caso de comportamiento negativo, tal comportamiento debe tener correlativas consecuencias negativas, sean la imposición, caso de ser necesaria, el fuera de juego o rincón, la sobrecorrección etc.

 


El niño que no responde cuando se le llama

Algunos niños están demasiado sumergidos en el juego o en sus actividades y otros no tienen ninguna gana de atender a las llamadas de sus padres.

Si las llamadas no son improcedentes (por reiteradas, por inconvenientes -por ejemplo, en medio de una clase o del estudio necesario) el niño tiene que atenderlas. Algunos modos son:

  • Recortar minutos del tiempo de jugar.
  • Empezar sin el niño.
  • Hacerle «pagar» el tiempo perdido: «me debes tantos minutos».

 


El niño que no cumple con su encargo doméstico

Es conveniente que el niño colabore en las actividades cotidianas del hogar según su capacidad. Algunas reglas para lograr este objetivo son las siguientes:

  • No es conveniente plantear la «tarea» como algo obligatorio, necesario y desagradable; sino como algo habitual. En que el niño lo vea de un modo u otro depende en gran medida de cuál sea la propia actitud de los padres respecto de dichas actividades.
  • Conviene comenzar a encomendar tareas a los niños desde pequeños, de modo adecuado a su edad.
  • Suele ser conveniente rotar las tareas encomendadas.
  • Es preciso enseñar al niño a realizar la actividad que se espera de él. Esta enseñanza ha de ser hecha de modo concreto y hasta meticuloso, cerciorándonos no sólo de que ha entendido, sino de que ha aprendido. Para ello, las primeras veces es oportuno realizar las tareas juntamente con el niño; después será él mismo quien deba realizarlas solo.

Por lo demás, de igual modo que en supuestos anteriores, debe ser alabada la tarea bien hecha, y rechazada la mal acabada. Puede utilizarse el método de las consecuencias naturales, el de premios como modo de incentivar o el sobreencargo en caso de rechazo infundado.

 


El niño desordenado

El hábito del orden es uno de los que primero deben fomentarse en los niños. El orden en las cosas no es quizás lo más importante: lo es más el orden personal, pero el de las cosas ayuda a formar el orden mental.

Algunas ideas son:

  • Para que cada cosa esté en su sitio es preciso, en primer lugar, que haya un sitio para cada cosa.
  • Para que el niño pueda responsabilizarse de ese orden es preciso que los sitios le sean accesibles.
  • Mejor que imponer el orden en momentos concretos es necesario que se vaya creando en el niño la satisfacción de tener las cosas ordenadas de modo que se encuentren cuando se buscan y que dejen espacio para vivir.

 


El niño que no quiere recoger sus cosas

Hay una época madurativa en  que a los niños les gusta, por una parte, ordenarlo todo y por otra ayudar a sus padres. Pero no siempre es así. Algunos consejos acerca de este punto son los siguientes:

  • Hacerlo divertido.
  • Elogiar los actos positivos.
  • Facilitar las cosas
  • Dar una puntuación a la habitación
  • Establecer <<inspecciones de habitación>> que sean divertidas.
  • Aplicar la sobrecorrección
  • Aplicar consecuencias naturales
  • Ser muy concreto

 


El niño que no cuida sus cosas o las de los demás

Suele ser un problema familiar el del descuido de las propias o ajenas pertenencias. Un modo de fomentar su cuidado es el de hacer ver al niño su valor, por ejemplo haciéndole obtener una puntuación para conseguirlas (o, en caso de niños más mayores, mediante trabajos familiares que les permitan comprarse aquello que desean pero no necesitan; aquí se trata de hacerles ver el valor del dinero); otro modo es el de hacerles comprender que es de muy poca categoría humana ir destrozando o tirando cosas que tienen una utilidad. Los argumentos pueden ser múltiples: que eso es propio de «nuevos ricos», que no se debe tirar lo que otros necesitan; o incluso ecológicos o de solidaridad humana.

 


El niño con malos modales

Es necesario también que el niño aprenda educación y buenos modales que son parte integrante de la convivencia en sociedad. La educación formal puede lograrse por tres frentes:

  • El de la habitualidad: que sea lo que vea habitualmente en su casa. En esta cuestión de la educación formal, el modelo vivido es muy importante.
  • El positivo: se trata de ir formando al niño en las formas habitualmente aceptadas de comportamiento: ir «dándole tablas».
  • El de corrección de sus actos aislados negativos, impidiendo que se conviertan en hábito: haciéndole ver lo feo de su acción, aplicándole el método de consecuencias naturales, etc.

 


El niño que todo lo quiere saber

La conversación con el niño debe comenzar cuanto antes, incluso cuando no puede comprender realmente lo que se le dice pues advierte el cariño, la atención de que es objeto, etc. y de otro lado le estimula el lenguaje, la interacción con sus padres, etc. Cuando el niño es capaz de hablar, las respuestas de sus padres pueden fomentar su curiosidad y conocimiento del mundo y de un modo más directo la relación familiar.

Se debe evitar, no obstante, que los «porqués» se conviertan en una pesadez o un desafío. En estos casos convendrá poner un horario para «porqués», ignorar la pregunta, o poner un tiempo de fuera de juego o utilizar la sobrecorrección.

 


El niño que rechaza el fracaso

En principio la práctica y el conocimiento producen el agrado y la conformidad con la actividad realizada; sin embargo es frecuente el caso de niños que se retraen por rechazo a un posible fracaso. Desde el punto de vista contrario, es beneficioso hacer que el niño experimente el logro en actividades diversas como modo de mostrarle y de potenciar sus capacidades.

Algunas reglas sobre este punto son las siguientes:

  • Fomentar la capacidad de interés del niño: elegir actividades apropiadas a la edad, desarrollo e interés del niño; proporcionarle en dichas actividades éxitos concretos y rápidos; no forzar al niño a continuar una actividad que rechaza, es preferible cambiar de actividad.
  • En muchos casos el agrado o desagrado depende del profesor. Encontrar el profesor adecuado es un paso muy importante.
  • Alentar al niño para que intente el logro es otro aspecto importante. Un medio es hacer de público, hacer hincapie en lo positivo, alabar los progresos.
  • El denominado contrato de comportamiento puede también utilizarse en esta ocasión.
  • La influencia de los compañeros puede ser determinante.

 


El niño que no quiere tomar medicinas

Las medicinas pueden resultarle desagradables al niño, pero cuando son necesarias han de tenerse en cuenta los siguientes aspectos:

  • Evitar las discusiones y ser firme.
  • Explicar al niño lo que se está haciendo de modo que lo entienda y fomentar un sano respeto por la medicación.
  • Si el médico o el farmacéutico lo permiten, puede asociarse la medici­na a algo que el niño acepte bien.
  • Es necesario que en este aspecto los padres sean un modelo para su hijo, respecto de su propia medicación.

En ocasiones el niño no sabrá como tomarlas. En particular puede tener dificultades para tragar pastillas, y habrá que enseñarle de modo concreto.

Un supuesto similar es el del niño que no quiere llevar gafas. A lo hasta aquí dicho habría que añadir, en su caso, la posibilidad de que el niño las escoja y se sienta a gusto con ellas y el refuerzo positivo mediante premios como compensación a la incomodidad.

 


El niño que remolonea en la mesa

La comida familiar debe ser un encuentro agradable que facilite la convivencia e incluso la nutrición. Si a pesar de ello el niño no quiere comer, es aconsejable:

  • Que los padres sean un modelo, comiendo de todo lo que se pone a la mesa, sin caprichos.
  • Evitar las golosinas entre comidas.
  • Ser firme, pero no demasiado estricto, evitando sobre todo una lucha innecesaria acerca de la comida.

 


El niño con exceso de peso

El exceso de peso puede ser un problema importante para los niños, tanto o más que para los adultos. Sobre este punto, en primer lugar conviene hacerse las siguientes preguntas:

1.- ¿Tiene el niño una dieta equilibrada?

2.- ¿Come el niño la cantidad adecuada de alimentos para sus necesidades energéticas?

3.- ¿Cuándo come más el niño?, ¿durante o entre las comidas? ¿Come durante todo el día? ¿Hay alguna relación entre el momento de comer y lo que está haciendo? ¿Existe alguna relación entre comer y sus emociones? ¿Come más durante el día o durante la noche?

4.- ¿Dónde come el niño?

5.- ¿Es activo el niño? ¿Se dedica a actividades físicas regulares, o la mayor parte del día tiene una actividad sedentaria?

 

En ocasiones convendrá acudir a un especialista para que defina un régimen de comidas. En otras habrá que lograr buenos hábitos de comportamiento en este campo por los medios ordinarios, cuidando la cantidad y calidad de alimentos y el orden respecto de la comida.

 


El niño con problemas de apetito

Las preocupaciones del anoréxico sobre la obesidad le conducen a restringir los alimentos casi de forma total. El bulímico, menos preocupado  por su futuro ha encontrado una manera de manejar sus necesidades corpo­rales sin pagar las consecuencias habituales de comer con exceso.

Los trastornos de la alimentación no son simples problemas de conduc­ta. No se puede disuadir al niño. Los cambios se producirán lentamente y el camino de regreso hacia una buena salud es largo. Por consiguiente, aquí no se intentará dar soluciones, sino solamente destacar las señales de alar­ma. Si los padres sospechan que su hijo tiene un trastorno de alimentación requieren ayuda profesional.

Los siguientes aspectos del ambiente del hogar pueden contribuir a desarrollar trastornos de alimentación: estrés familiar debido a divorcio,  enfermedad o muerte, excesivo énfasis paterno sobre el peso y el aspecto físico, falta de aceptación por parte de la madre de su imagen corporal o del rol materno, excesiva proximidad e interdependencia entre padres e hijos o unas anormalmente altas expectativas de perfección por parte de los padres.

  • Necesidad de ser el hijo perfecto que no causa problemas, inteligencia, alto ren­dimiento y perfeccionismo, el hecho de negar sentimientos y frustraciones.
  • Extremo deseo de complacer a los demás.
  • Excesiva preocupación por la apariencia física, por la imagen corporal y el peso.
  • Cambios de conducta y personalidad.
  • Patrón de alimentación desordenado en un individuo: pérdida de peso de más del 20 a 25 por ciento de su peso corporal; el comer muy poco o nada; el comer cantidades desmesuradas de alimentos; el vomitar después de las comidas; el abuso de laxantes y diuréticos; el esconder provisiones; la piel seca; ojos hundidos; aspecto amarillento o grisáceo de la piel; heridas en los dedos o grietas en los labios.

Si cree que el niño presenta alguna de las características mencionadas, el primer paso es discutir la solución y su preocupación por la salud y el orga­nismo.

  • Discuta las preocupaciones con el niño.
  • No se quede tranquilo cuando el niño diga que cambiará, o si se le ve comer más o se vuelve menos irritable o si detiene la ingesta de laxantes.

 


El niño que adopta malas posturas

Antes de que la mala postura se convierta en un hábito debe modificarse. Para ello,1. Ayude al niño a ser más consciente de su aspecto. Olvide regañinas y comentarios inadecuados.

  • Ayude al niño a que llegue a ser consciente de cómo se nota una bue­na postura.
  • Ofrézcale una lista de razones por las que la buena postura es desea­ble.
  • Recompénsele por <<atraparse>> a sí mismo y ponerse bien y no se olvide de elogiarle y recompensarle cuando lo haga o se siente correctamente.
  • Establezca una norma que consista en que el niño deba hacer, al me­nos algún ejercicio cada día si la mala postura es habitual o frecuente.

 


El niño que sin causa orgánica se queja de dolor físico

Nunca debe obviarse el dolor o malestar físico de un niño, pero hay ocasiones en que tal malestar es ficticio, lo cual puede ocurrir:

  • Porque el niño esté sobreprotegido
  • Porque el niño esté sometido a estrés
  • Porque el niño lo que en realidad pretenda sea atraer la atención, para lo cual habrá que proporcionarle mejores medios.
  • Porque el niño sea un consumado actor que pretenda evitar ir al colegio u otra actividad que no le agrade.

 


 

Fuente: Carmen Ávila

 

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